Los resultados y los discursos de la primera vuelta han dejado un escenario de extrema polarización. El movimiento Defensores de la Patria lidera la contienda con el 43,74% (10,3 millones de votos), seguido de cerca por el Pacto Histórico, con el 40,90% (9,6 millones de votos).
El tono agresivo y descalificador de los líderes de ambas campañas, lo que no tiene antecedentes en la vida republicana del país, amenaza con trasladar la disputa a un escenario de violencia civil.
Desde el cierre de las urnas, el presidente Gustavo Petro y su candidato, Iván Cepeda, adoptaron una postura de desconocimiento frente al preconteo de la Registraduría Nacional. Petro calificó los datos preliminares como “no vinculantes” y acusó una supuesta alteración de algoritmos y la existencia de un censo paralelo con 800 mil cédulas falsas. Por su parte, Cepeda afirmó que sus 10 millones de votos fueron “mal contados”, sembrando desconfianza institucional a pesar de los llamados a la calma de la Registraduría, la Procuraduría y la veeduría internacional. Por fortuna, ayer morigeró esa errática posición.
Ambas campañas deberían saber que la estrategia de deslegitimación institucional no solo debilita la confianza en la democracia, sino que caldea los ánimos de sus bases sociales, preparándolas para no aceptar ningún resultado adverso en la segunda vuelta. Los discursos, por demás, fueron de un extremo confrontacionales, como buscando una reacción similar entre los seguidores.
Si el trato de Cepeda a De la Espriella fue de fascista, homófobo, misógino y mafioso, era clarísimo que en la otra orilla, De la Espriella le respondería con recíproca virulencia verbal, en ambos casos alarmante. Ninguno de los dos candidatos construyó un discurso de unidad nacional. ‘El Tigre’ optó por calificar públicamente a Gustavo Petro e Iván Cepeda de delincuentes miserables, bandidos y herederos de las Farc, con una retórica maximalista que presenta la elección como una guerra existencial entre la patria y la tiranía absolutista. Su advertencia de que defenderá la democracia “por la razón o por la fuerza”, convocando a “su manada” a enfrentar al Gobierno si este desconoce los resultados, lo que habrá sido recibido con satisfacción en los dos líderes del bando contrario, desborda los canales democráticos y coquetea directamente con la justificación de una confrontación civil.
Los apelativos cruzados desde ambos discursos deshumanizan al rival político y eliminan cualquier puente de diálogo político. El riesgo de que la violencia verbal se traduzca en disturbios, choques callejeros o una fractura social irreparable se vuelve inminente.
Llamamos a los partidos, campañas y candidatos confrontados a que cesen las agresiones y se concentren en las propuestas, pues nada bueno puede quedar de tanta inquina y desprecio por la dignidad del otro.
