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Columna

Ser o no ser

“Un individuo y una nación comienzan a salir de la tragedia cuando comprenden que ningún salvador puede sustituir su conciencia ni asumir por ellos la responsabilidad de convivir con sus acciones y sus consecuencias”.

CARMELO DUEÑAS CASTELL

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Hamlet sabe, o cree saber, que su tío Claudio mató a su padre, pero no actúa. Su celebre monólogo del acto tercero es un dilema radical: continuar viviendo en sufrimiento o actuar y asumir las consecuencias. Pero no es el temor a la muerte lo que lo paraliza, es lo desconocido después de actuar lo que hace incierta cualquier salida o solución.

La reflexión paraliza el impulso. Y la majestuosa filosofía reside en que no hay respuesta cómoda. Por un lado, soportar puede ser prudencia o sumisión; actuar puede significar justicia o precipitación. Al final la tragedia mental es un claro cuestionamiento a ambas opciones: la pasividad o la arrogante seguridad. Esa duda que lo corroe es el eje central de Hamlet.

Algunos han visto en tal duda un acto de meditación sobre el suicidio, pero no. Es la duda en sí convertida en protagonista en una simple pregunta. Y es la incertidumbre de si vale la pena existir y actuar ante las injusticias de un mundo cruel, sin saber que habrá después, sin saber si habrá un después. Y allí yace la disyuntiva y la metáfora de Hamlet, de “tomar armas contra un mar de problemas” o quedar paralizado ante ese temor y doloroso conocimiento de que es la “consciencia lo que nos hace cobardes a todos”.

Shakespeare no da respuestas, y en ello radica su vigencia y actualidad. La verdadera tragedia ocurre en la cabeza de Hamlet y así es para el mundo de hoy en la incierta virtualidad. Cómo vivir y actuar sin certeza alguna cuando la dictadura de la inmediatez exige hacer. Dicen los que saben que esa magistral forma de dibujar la duda en metafóricas escenas de angustiosa incertidumbre fue copiada de ‘Los Ensayos’, de Montaigne. A pesar de que la traducción del francés al inglés se hizo dos años después de publicado Hamlet, mucho antes ya circulaban traducciones que habían caído en manos de Shakespeare.

Hamlet podría representar la trágica consciencia del colombiano que se sabe víctima del poder corrupto y corruptor, y que no sabe combatirla sin contaminarse. Esa misma dualidad de nuestros políticos de no ser capaces de ser ellos mismos por aparentar ser lo que el espejo de los votantes quieren ver. Y es que de un tiempo a esta parte, de un lado y del otro del espectro político no es la idea lo que los diferencia, es la violenta política del agravio lo que los hace cada vez más iguales.

La lección de Hamlet es incómoda en lo individual y en lo global. Un individuo y una nación comienzan a salir de la tragedia cuando comprenden que ningún salvador puede sustituir su conciencia ni asumir por ellos la responsabilidad de convivir con sus acciones y sus consecuencias. Decía Pessoa, “Caminamos del hacer al hacer, pero ¿cuándo nos detendremos a ser?”.

*Profesor Universitario.

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