Una buena parte de mi existencia la he vivido en el Centro Histórico de Cartagena. He sido testigo, con ojo de periodista, de la transformación que se ha dado en este emblemático sector de la ciudad en los últimos tiempos, y del proceso de gentrificación y turistificación que sigue adelante en Getsemaní, después de tener vida propia en San Diego y el llamado centro-centro, caracterizado por haber sido la esencia del poder colonial.

El cinismo del poder y el simulacro de lo popular
Martha Amor OlayaDesde 1991 viví en la calle de la Cochera del Hobo, en San Diego, conocido como el barrio de los Jagüeyes. Una barriada con reconocida tradición de vecindario, que se daba cita en el parque localizado entre la vieja Escuela de Bellas Artes y el desaparecido Hospital de Santa Clara, para conversar, leer, pasar ratos agradables con niños, familiares, amigos. En ese parque se reunieron en 1946 los poetas cartageneros Luis Carlos López y Jorge Artel, con su colega cubano Nicolás Guillén. A mitades de la década del 90 abrió sus puertas el Hotel Santa Clara, levantado sobre las ruinas del hospital. Comerciantes de cocina ya habían instalado negocios en casas de los alrededores del parque, ocupando el espacio público de las calles adyacentes con la venia de las autoridades. Cuando extendieron sus pretensiones de ocupación permanente al parque, la comunidad protestó, desde nuestro periódico La Plaza opusimos tenaz resistencia, se interpuso acción popular ante las altas cortes, y el Consejo de Estado se pronunció ordenando el desalojo de los intrusos. Reiteró que el parque es un bien de uso público, inalienable e imprescriptible, y prohibió el uso de sillas y mesas en su interior. A pesar de todo, la gentrificación que se iniciaba no se detuvo y sigue su marcha triunfal. La vida de barrio se fue a pique.
Lo que ha ocurrido en Getsemaní es bochornoso. Se estima que por lo menos el 91% de las familias tradicionales, unas 5.000 personas del barrio, se ha marchado: Gentrificación pura y dura. Lo único esperanzador es un proyecto que, de materializarse, regresaría a buena parte de la diáspora getsemanicense. Conocida como ‘La Resistencia de Getsemaní’, dicha iniciativa de repoblamiento y vivienda comunitaria, reconocida por el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, estaría en donde funcionó la Jabonería Lemaitre. ¡Ojalá!
Cartagena es una ciudad con vocación turística. El turismo mueve la economía, genera trabajo, contribuye al desarrollo; pero la ciudad ha tenido falencias en la planeación de su quehacer turístico, desde el inicio. Lo desarrolló al garete. El turista es importante, el local lo debe ser más. Bajo esa premisa, correspondía armonizar.
