Hablar de las juventudes en el Caribe colombiano exige ir más allá de los lugares comunes que las describen como apáticas o problemáticas. Al contrario, ser joven hoy implica habitar una compleja tensión entre la esperanza de construir un proyecto de vida digno y la frustración que generan las profundas desigualdades que atraviesa nuestra región.
Mientras el discurso institucional insiste en la educación, el emprendimiento y el esfuerzo personal como caminos hacia la movilidad social, miles de jóvenes enfrentan diariamente barreras estructurales asociadas al desempleo, la precarización laboral, las brechas educativas, la violencia y la exclusión territorial. Como advertía el sociólogo francés Pierre Bourdieu, las aspiraciones individuales suelen estar condicionadas por las oportunidades reales que ofrece el contexto social. No todos parten del mismo lugar ni cuentan con los mismos recursos para alcanzar sus metas.
Esta realidad se expresa con particular intensidad en ciudades como Cartagena, donde la riqueza turística convive con profundas desigualdades sociales. Para muchos jóvenes, la promesa del progreso parece desarrollarse frente a sus ojos sin que logren participar plenamente de ella. El resultado es una generación que experimenta incertidumbre frente al futuro, pero que, al tiempo, se resiste a quedar definida exclusivamente por sus carencias.
Sin embargo, sería un error leer a las juventudes únicamente desde la vulnerabilidad. El sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos nos invita a reconocer las experiencias y saberes que emergen desde los márgenes. En los barrios, iniciativas culturales, como ‘Candilé’, los jóvenes construyen a través de la danza y la música, formas innovadoras de participación y resistencia que desafían las narrativas de desesperanza.
La capacidad de agencia implica la posibilidad de actuar y transformar la realidad aun en contextos adversos. Quizás el mayor desafío de nuestra sociedad no sea preguntarnos qué les falta a los jóvenes, sino qué condiciones estamos dispuestos a garantizar para que sus capacidades florezcan. Las juventudes caribeñas crean, lideran, cuidan, emprenden y producen nuevas formas de ciudadanía que muchas veces permanecen invisibles para las instituciones.
El futuro del Caribe no depende únicamente de las oportunidades que prometemos a sus juventudes, sino de las posibilidades reales que hoy les permitimos construir. Ellas no necesitan que les indiquemos el camino; necesitan que derribemos las barreras que aún les impiden transformar el mundo que ya están construyendo.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Profesora de la Escuela de Negocios, Leyes y Sociedad, UTB.

