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Columna

El triunfo invisible

“En el contexto actual, los trofeos, títulos, medallas y popularidad son fugaces, pero el carácter y la integridad del ser humano son ejemplo permanente...”.

Doris Ortega Galindo

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Vivimos obsesionados tristemente con los marcadores finales. Muestra de ello es una sociedad condicionada por la inmediatez y el éxito absoluto, donde ganar parece reducirse a levantar un trofeo, posar con una medalla o acumular ceros en una cuenta. Nos han enseñado que quien pierde se vuelve invisible y que el segundo lugar es solo el primero de los perdedores. Sin embargo, la verdadera grandeza de una persona no cabe en una vitrina. Los títulos y la fama son elementos efímeros; adornos externos que encandilan la mirada, pero pocas veces logran llenar el espíritu de quien los posee. El verdadero valor de ganar en la vida no se mide por el ruido de los aplausos ajenos, sino por la silenciosa paz de la humildad, la honestidad y la dignidad con la que se asumen los desafíos diarios. Hay tantos campeones que libran grandes maratones en el día a día de sus vidas, cuyo principal galardón es llegar a fin de mes con decoro y un poco más de esperanzas.

Convertir la existencia humana en una carrera por acumular reconocimientos, es una trampa emocional, donde involucramos en especial a niños y jóvenes. Se olvida que las medallas se oxidan y el brillo de la celebridad se apaga tan pronto como llega otra figura a ocupar el escenario. Quien edifica su identidad sobre los títulos vive en vulnerabilidad, esclavo de la aprobación externa y del veredicto de un público voluble. Frente a lo anterior, una dosis de humildad actúa como un polo a tierra que nos retumba como aquella frase romana: ‘Memento mori’. El campeón auténtico es aquel que comprende que el éxito es solo un accidente del camino, mientras que el carácter es la meta final.

El deporte, que tantas veces funciona como un espejo de nuestra sociedad, nos regala lecciones magistrales de esta filosofía. Lo vimos en la Copa del Mundo, donde figuras como el veterano portero caboverdiano Vozinha, nos recordaron qué es lo que realmente importa: demostrar que se puede conmover al planeta entero sin necesidad de una copa de campeón, priorizando el bienestar colectivo por encima del ego individual.

Al final, los campeones de papel, de esos que se pavonean en todas las esferas humanas, más allá del deporte, muchas veces pagan por sus títulos y reconocimientos; ellos se definen por los trofeos que levantan; los campeones de la vida se reconocen por el respeto unánime que inspiran a su paso, aun caminando con los pies descalzos.

Trayendo a colación a uno de mis poetas favoritos, Antonio Machado, quien escribió en su obra ‘Proverbios y cantares’ la famosa línea: “Todo necio confunde valor con precio”, resulta totalmente aplicable a este contexto actual, donde los trofeos, títulos, medallas y popularidad son fugaces, pero el carácter y la integridad del ser humano son ejemplo permanente, en una sociedad tan ávida de valores profundos que no se compran ni se venden, tan solo se aprenden en casa.

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