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Columna

Fuera de lugar

“La democracia no consiste en ganar siempre, sino en aceptar que a veces gana el otro sin que por eso el mundo se acabe. El país requiere oposición, no incendio; necesita gobierno, pero no revancha...”.

CARMELO DUEÑAS CASTELL

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Los griegos se hubieran vuelto locos tratando de escribir la realidad nacional electorera atravesada por el Mundial. Utopía pura organizar ideas obnubilados por la ebriedad de las pantallas y los estadios allende las fronteras.

Como en el Mundial, vemos lo que queremos ver: los partidistas de uno niegan la vergonzante injerencia del gobierno que, como siempre pero como nunca, se involucró con toda su maquinaria en una campaña que perdió como perdió el norte desde el primer día, cuando promovió con verborreica agresividad la división y polarización que en estas urnas lo derrotó.

Entre tanto, la otra mitad niega la cruda verdad de la injusticia social por la cual los otros decidieron creer a pie juntillas a un mal gobernante que, por primera vez les tuvo en cuenta y se ripió el presupuesto para tratarlos cual mendigos ofreciéndoles migajas y no soluciones de fondo.

Aquí se cuestiona con igual vehemencia decisiones arbitrales y boletines de la Registraduría. Cuestionables por igual la pugnacidad del gobernante de turno tratándonos cual pelotas como la innecesaria beligerancia de un felino, quien hoy representa a la mitad de Colombia. El país fundió las urnas y los balones en una elección carente de ideas, ausente de programas en donde sobraron las patadas y faltaron debates, decencia y tolerancia. En el Mundial y en las elecciones, muchos actuamos como aquella malvada madrastra que los hermanos Grimm describían cuando miraba el famoso espejito esperando una mentira piadosa que nos diga lo que queremos oír. La democracia termina siendo uno de esos espejos de peluquería, que solo sirven cuando devuelven la imagen favorable.

Mientras los E-14 son contados y recontados buscando la única verdad que se desea escuchar, 11 colombianos juegan contra aquellos que el mundo entero olvidó en su desigual lucha contra el Ébola. La politiquería convirtió los ciudadanos en fanáticos, los partidos en barras, los programas en camisetas, los opositores en enemigos. Mientras se siga cuestionando todo resultado, la derrota jamás servirá de lección y habrá hasta absurdas tutelas contra jugadores de fútbol.

El problema en Colombia no es el conteo de votos. Al igual que en el fútbol, si la decisión no me favorece hubo trampa o el Var, el árbitro, la FIFA y la Registraduría están coludidos. Fluye el alcohol y Colombia ha perdido la proporción; la democracia no consiste en ganar siempre, sino en aceptar que a veces gana el otro sin que por eso el mundo se acabe. El país requiere oposición, no incendio; necesita gobierno, pero no revancha. Una nación no se destruye cuando pierde un candidato. Se destruye cuando todos deciden que solo hay democracia si gana el de uno.

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