Cuando queremos tener una idea de alguien, lo primero que hacemos es preguntar. Parece un acto inocente, casi natural, pero pocas veces nos detenemos a pensar en que importa, y mucho, a quién le estamos preguntando, qué relación tiene esa persona con el otro, qué experiencia concreta respalda su opinión y, sobre todo, qué motivos la mueven a entregar esa información. Porque cada quien habla de la fiesta según cómo le fue en ella y no siempre quien responde lo hace desde la honestidad o la justicia, sino desde el rencor, la envidia o simplemente desde un mal momento que quedó grabado como verdad absoluta.
Ahí radica el verdadero problema de juzgar a la ligera, pues en un acto de soberbia reducimos la vasta complejidad de un ser humano a un solo instante desafortunado. Para conocer realmente a alguien, resulta indispensable observar su trayectoria de vida, su entorno y su estructura personal, en lugar de dejarnos arrastrar ciegamente por la corriente de opiniones superficiales. Las referencias que damos y recibimos deberían estar siempre cimentadas en la prudencia, la responsabilidad y la empatía, reconociendo que detrás de cada nombre pronunciado hay una historia que merece ser escuchada.
Esta necesidad de comprensión profunda se hace aún más evidente en escenarios donde el conflicto parece ser la norma, tal como ocurre en el ejercicio del Derecho. Quienes asumen la tarea de defender una postura suelen ser vistos, casi de inmediato, como enemigos por la contraparte, quedando atrapados en una contienda donde las percepciones se distorsionan con facilidad debido a los intereses en juego. En medio de esta polarización constante, la responsabilidad de verificar, de contrastar las versiones y de acercarse al otro se vuelve un deber ético ineludible para evitar caer en la trampa de las condenas anticipadas.
Privar a cualquier individuo del derecho a ser escuchado antes de emitir un veredicto definitivo es un acto de profunda injusticia, que fractura nuestra humanidad colectiva. Como bien recordaba Jorge Eliécer Gaitán, “El que sentencia una causa sin oír la parte opuesta, aunque sentencie lo justo, es injusta esa sentencia”, y lo ideal, en el mejor de los casos, siempre será darle la oportunidad a esa persona de que la conozcan directamente, sin intermediarios, sin filtros ajenos, sin versiones contaminadas por agendas personales.
Vivimos inmersos en una sociedad de odios, herida, que parece alimentarse de la crítica destructiva, un espacio donde resulta más fácil señalar y condenar que intentar comprender al otro. Frente a este desolador panorama de juicios apresurados que nos separan, nuestra mayor rebelión debe ser la pausa consciente, la voluntad inquebrantable de verificar antes de sentenciar, recordando siempre aquella sabia advertencia popular que nos dice que de lo que le digan, no crea nada y de lo que vea, apenas la mitad.

