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Columna

Antorcha

“La prudencia de los líderes debe traducirse en decisiones que alivien la incertidumbre de los hogares y no regañar a su feligreses...”.

Orlando Bustillo Pareja

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“Vitai lampada tradunt”: pasar la antorcha de la vida. En la quinta parte de ‘Los miserables’, esta imagen invita a pensar en la continuidad de la existencia frente a la muerte, y en la responsabilidad de quienes permanecen.

Las barricadas dejan vidas truncadas y esperanzas sin cumplir, ‘Arde París’. Quienes sobreviven reciben un mundo marcado por esos sacrificios y la tarea de decidir qué hacer con él. La derrota no garantiza un porvenir mejor: construirlo exige nuevas voluntades y acciones. Casi dos siglos después seguimos enfrentando conflictos que parecen repetirse.

Cambian las herramientas, los discursos y las formas del poder, pero persisten las inequidades. Incluso cuando la inteligencia artificial amplía nuestras posibilidades, seguimos sin resolver una deuda elemental: convivir con dignidad y ofrecer oportunidades. Tampoco los disturbios, por sí solos, aseguran una sociedad más justa. La antorcha es una herencia que compromete. Recibimos conocimientos, afectos y libertades que otros ayudaron a hacer posibles.

Honrarlos exige cuidar lo recibido y procurar que alcance a quienes vienen después. Los candelabros de monseñor Myriel ofrecen un eco de esa luz. Cuando Jean Valjean es detenido por robar su plata, el obispo lo protege y le entrega también los candelabros. La misericordia recibida se convierte, con el tiempo, en cuidado hacia otros.

Una bondad entregada encuentra nuevas manos. ¿Qué luz estamos dejando en quienes comparten nuestra vida? Colombia necesita una antorcha que ilumine, no que incendie. En este cambio de época, el presidente, el Congreso, los alcaldes y los gobernadores tienen la responsabilidad de alcanzar acuerdos mínimos para atender las afugias de las familias. La gravedad de nuestros problemas exige menos confrontación y más capacidad de construir. La prudencia de los líderes debe traducirse en decisiones que alivien la incertidumbre de los hogares y no regañar a su feligreses.

Escuchar, dialogar y cumplir son formas de encender una esperanza. Ese progreso será insuficiente si las personas no encuentran seguridad, trabajo y razones para confiar en un futuro compartido. Reclamar justicia es necesario; vivir atrapados en el reproche nos inmoviliza. Que las instituciones esclarezcan responsabilidades y que nosotros asumamos la tarea de abrir caminos.

Pasar la página exige verdad, justicia y voluntad de escribir algo mejor. En lo personal, vuelvo a Juan 8:12: “Yo soy la luz del mundo”. Y a una pregunta que orienta mis decisiones: ¿qué haría Jesús en mi lugar? Su luz invita a servir, a reconocer al otro y a sostener la esperanza en medio del conflicto. Nuestro paso es breve; el bien que transmitimos puede llegar mucho más lejos que nosotros. Que la antorcha que entreguemos deje luz en las conciencias y esperanza en el país. Todos debemos poner.

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