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Columna

Elogio al olvido

“La sabiduría no está en recordarlo todo, ni en olvidarlo todo, sino en saber qué merece cada destino. Que se vayan con las aguas del Lete los rencores, las heridas y los saberes que ya no sirven...”.

Enrique Del Río González

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Decía Nietzsche que no puede existir felicidad, serenidad, esperanza ni disfrute del presente sin la facultad de olvidar, esa afirmación es incomoda porque hemos crecido convencidos de que la memoria es el gran tesoro del ser humano y que olvidar es una derrota. Por eso admiramos a quien lo recuerda todo, celebramos la mente que no deja escapar un dato y miramos con lástima cualquier signo de desmemoria, como si en ella se escondiera siempre una pérdida y nunca una liberación.

Pero, ese antagonista al que tememos puede ser también un aliado; el olvido tiene efectos terapéuticos y quien lo dude, entonces que piense en cuánto pesa cargar intacto el daño que nos hicieron, las penurias, las angustias y los afanes de otros tiempos. Olvidar en su justa medida es una forma de sanar, de reencontrarse con el perdón y con el amor, de soltar el lastre para poder caminar más liviano hacia adelante. No se trata de perder la memoria hasta borrar lo que fuimos, sino de aprender a dejar ir con serenidad aquello que solo sirve para envenenar el presente.

Los griegos lo entendieron antes que nadie y lo contaron con la belleza de sus mitos, por ejemplo, en el inframundo corría el Lete, el río del olvido, personificado en una diosa del mismo nombre, y las almas bebían de sus aguas para desprenderse de sus recuerdos antes de emprender una nueva vida, eso encierra una gran verdad, pues olvidar era el requisito para volver a nacer. Algo parecido ocurre con el conocimiento, porque desaprender es olvidar lo aprendido para aprenderlo de nuevo y, quizá, en mejores condiciones y, hasta el derecho moderno ha reconocido esta necesidad al consagrar el derecho al olvido como esa garantía de que nadie sea mancillado eternamente por un pasado que ya pagó o que ya no lo define.

Ahora bien, todo elogio del olvido exige su contracara, porque, así como hay cosas que conviene olvidar, hay otras que sería sencillamente imperdonable dejar escapar. La gratitud encabeza esa lista, ser una persona agradecida implica no olvidar jamás a quienes nos ayudaron, nos apreciaron, nos quisieron y nos dieron la mano cuando más lo necesitábamos, porque la ingratitud es la antesala de la traición. Quien ayuda no espera la vuelta, pero cuando la gratitud se vuelve cíclica, el que fue ayudado ayuda a otros y, esos otros, a otros más, y ese engranaje silencioso termina generando un clima social más amable, al menos en el mundo ideal al que vale la pena aspirar.

Al final, la sabiduría no está en recordarlo todo, ni en olvidarlo todo, sino en saber qué merece cada destino. Que se vayan con las aguas del Lete los rencores, las heridas y los saberes que ya no sirven, y que queden marcados con tinta indeleble, hasta los últimos suspiros de la vida, el cariño, el afecto y la gratitud. Ese equilibrio, tan difícil y tan necesario es quizá una de las formas más honestas de la felicidad que intuía Nietzsche.

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