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Columna

De las tradwives a la pérdida de nuestros derechos

De eso se trata precisamente la verdadera emancipación, de tener la seguridad de que nadie la va a juzgar.

MELIZA SALCEDO ALARCÓN

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Hace poco se desató una ola de críticas hacia una ex señorita Colombia, que posa de esposa católica y tradicional, ello ocurrió después de que se publicara una entrevista en la que adoptaba esa postura que muchos asociaron rápidamente con el movimiento de las tradwives.

Este término, que nace de la contracción de traditional wife o esposa tradicional, hace referencia a mujeres que deciden abrazar y promover roles de género estrictamente tradicionales dentro del matrimonio. La polémica surgió porque sus declaraciones, en las que afirmaba que su labor como primera dama de Cali era ser un “sostén para que el país no caiga en el comunismo”, resonaron con las narrativas de este movimiento que romantiza la vida doméstica y la sumisión femenina.

En medio de la liberalidad que el propio feminismo ha conquistado, resulta evidente que cada mujer que tenga la posibilidad de elegir el rol que desea desempeñar en su vida puede hacerlo con total confianza. De eso se trata precisamente la verdadera emancipación, de tener la seguridad de que nadie la va a juzgar, garantizando que cada una, desde su independencia, decida qué quiere hacer y cómo hacerlo sin coacciones de ninguna índole.

Hasta este punto, los discursos conservadores suelen parecer inofensivos, pues una mujer que desea dedicarse por completo a su hogar, a su esposo y a sus hijos, que encuentra plenitud en la cocina, el jardín y en mantener una feminidad bucólica como gerente de su familia, está en todo su derecho de hacerlo. De hecho, para muchas, esta representa una forma tranquila y satisfactoria de llevar la vida, alejada de las presiones del mundo corporativo.

Sin embargo, el tema adquiere un matiz profundamente problemático cuando el contenido que promueven estas figuras insinúa que dicha vida implica, casi por obligación, la renuncia a derechos y oportunidades fundamentales. La situación empeora aún más cuando se pretende generalizar que este es el deseo intrínseco de todas las mujeres o, lo que es más grave, cuando sugieren que es necesario retornar al statu quo de los años 50 o 60, una época donde el hombre era el único proveedor económico y la mujer, más allá de sus propios deseos, carecía de cualquier tipo de independencia y autonomía.

Lejos de querer sonar escandalosa o dramática, la realidad es que el movimiento tradwife se ha consolidado como un poderoso contenido de influencia digital, diseñado estratégicamente para impactar y moldear las actitudes de su audiencia. Lo alarmante es que han llegado al extremo de afirmar que las mujeres no deberían tener derecho al voto, bajo la absurda premisa de que debemos sentirnos representada por el voto del marido. ¡Hágame el favor! Semejante despropósito ignora por completo la individualidad y la capacidad de agencia de más de la mitad de la población.

A partir de estas posturas, se abre la puerta a ideas aún más regresivas, tales como cuestionar el acceso al trabajo, la independencia financiera o la educación profesional para las mujeres. El asunto central aquí es que estos derechos no fueron concesiones gratuitas, sino el resultado de luchas históricas monumentales que nos costaron vidas, décadas de sufrimiento y siglos de sumisión. Todavía en la actualidad seguimos batallando para que, por ejemplo, la aplicación del enfoque de género en la justicia sea vista como una obligación ineludible y no como un favor.

Por consiguiente, lo verdaderamente peligroso de esta tendencia no radica en que unas cuantas mujeres, amparadas en su libertad e independencia, decidan adoptar este estilo de vida. El verdadero peligro yace en el hecho de que, en otras partes del mundo, los derechos de las mujeres están sufriendo retrocesos aterradores.

Casos como el de Afganistán, donde las niñas no pueden estudiar después de los 12 años, las mujeres tienen prohibido trabajar, salir sin la compañía de un hombre o incluso mostrar su rostro en público, nos recuerdan la fragilidad de nuestras conquistas. Estas medidas son, en esencia, formas extremas de volver al conservadurismo más radical y, al parecer, hacia allá es adonde quieren llevarnos quienes promueven ciegamente esta estúpida tendencia.

Resulta trascendental comprender lo peligroso que puede llegar a ser la regresión de nuestros derechos, cada conquista que hoy damos por sentada fue, en algún momento, una utopía por la que alguien arriesgó su vida. El derecho al voto, que hoy algunas pretenden devolver como si fuera un accesorio prescindible, les costó a las sufragistas cárcel, torturas y muerte; el acceso a la educación profesional, que ahora cuestionan con un cínico “para qué”, fue una batalla que tardó siglos en ganarse y que transformó sociedades enteras; la independencia financiera, que estos discursos quieren volver a arrebatarnos, es la diferencia entre una mujer que elige quedarse y una que no puede irse, aunque su vida dependa de ello.

Además, es fundamental resaltar, con toda la claridad posible, que abrazar la feminidad, elegir ser mamá y decidir ser esposa es completamente válido y respetable y nadie debería cuestionar esa elección. Pero una cosa es elegir desde la libertad y otra muy distinta es normalizar la renuncia a derechos civiles, políticos y económicos como si fuera una virtud femenina. Eso debe considerarse como un imposible categórico a estas alturas de la historia, porque cuando se renuncia a un derecho no se hace en nombre propio, sino que se abre la puerta para que nos lo arrebaten a todas.

No sé cómo, no hemos entendido que la trampa de este movimiento radica en que viste de estética bonita y de elección personal lo que en realidad es un proyecto político de sometimiento. Detrás de los delantales vintage, las recetas caseras y los filtros cálidos de Instagram, hay una agenda que busca convencer a las mujeres de que su lugar natural es la obediencia y que la libertad les fue vendida como una mentira del feminismo y cuando una generación entera de mujeres jóvenes consume ese mensaje sin filtro crítico, el terreno queda abonado para que legisladores, líderes religiosos y figuras de poder hagan retroceder lo que tanto nos costó avanzar.

Me opongo rotundamente a que la romantización del pasado nos cueste el futuro que tantas mujeres construyeron con su sangre y su voz, sáquense de la cabeza que ser femenina es igual a ser sumisa o que ser madre implica ser menos ciudadana, por el contrario, es cuando más debemos cuidar el futuro y ningún algoritmo, por más bonito que empaquete el mensaje, debería hacernos olvidar que nuestros derechos no son negociables, no son reversibles y, sobre todo, no son opcionales.

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