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Columna

Construir con la comunidad

“En Getsemaní, construir con la comunidad ya es una forma de resistencia. Y también una manera distinta de crear ciudad...”.

Javier Pimienta

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La Resistencia de Getsemaní no podía construirse de otra manera que no fuera con la comunidad. No era solo una cuestión de método. Era una condición de legitimidad.

En casi todos los proyectos urbanos, la participación termina siendo una socialización tardía de decisiones ya tomadas. Se escucha a la gente, pero no se le permite incidir de verdad. Aquí la apuesta fue distinta. Desde la fase inicial de diagnóstico, el acompañamiento de la Universidad Nacional y ETH se apoyó en entrevistas, trabajo de campo, espacios de conversación y talleres con líderes del barrio, con la diáspora y con el equipo del PES. La participación fue parte de la construcción misma del modelo.

Eso era indispensable porque La Resistencia no buscaba solo producir vivienda, sino responder a una crisis de permanencia. Y esa respuesta no podía formularse de espaldas a quienes viven esa crisis en su vida cotidiana. Había que escuchar qué reglas podían sostener la convivencia, qué criterios debían orientar la priorización, cómo entender el arraigo y qué condiciones podían hacer viable una habitabilidad real en el tiempo.

Por eso, el trabajo participativo permitió aterrizar acuerdos muy concretos sobre asequibilidad, convivencia, criterios de selección, uso de espacios comunes, responsabilidades compartidas y mecanismos de permanencia. No se trató simplemente de escoger un modelo general, sino de construir sus reglas desde discusiones situadas en la realidad del barrio.

También el diseño arquitectónico entró en esa conversación. No se trataba solo de cuántas viviendas podían desarrollarse, sino de qué tipo de vida podían sostener esas viviendas. De allí surgieron discusiones sobre equipamientos sociales y espacios comunitarios para cocinar, reunirse, estudiar, cuidar a niños y adultos mayores, hacer deporte, lavar, sembrar, reciclar o mantener vivas prácticas culturales del barrio.

Este proceso confirmó algo importante: la participación no solo define normas. También moldea el espacio. Hace que la arquitectura no sea una solución impuesta, sino un proceso de construcción colectiva.

Pero para que esa participación tuviera efectos reales, hacía falta organización. Por eso fue tan importante la formalización de la Asociación de Vecinos de La Resistencia de Getsemaní (AsoResistencia), no como un requisito jurídico, sino como un mecanismo de representación, agencia y capacidad de incidencia real. Una figura llamada a expresar los intereses de los futuros residentes, a participar en las decisiones del proyecto y a fortalecer su autogestión.

Ese es, quizá, uno de los aprendizajes más valiosos del proceso. La participación, si quiere ser verdadera, necesita un rumbo, reglas, vocerías y continuidad. Necesita convertirse en institucionalidad comunitaria.

En Getsemaní, donde durante años tantas decisiones se han tomado sin la comunidad o por encima de ella, construir con la comunidad ya es una forma de resistencia. Y también una manera distinta de crear ciudad: más lenta, más compleja, pero mucho más legítima.

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