La muerte de Cristian Herrera es una de esas muertes que golpean más allá de los afectos personales.
Su asesinato en Cúcuta enluta al periodismo colombiano, pero también obliga a preguntarnos ¿qué tan democrática puede ser una sociedad donde informar sobre corrupción y criminalidad sigue siendo una actividad de alto riesgo?
Durante años, Cristian recorrió juzgados, estaciones de Policía y calles marcadas por la violencia. Fue editor de Q’hubo en Cúcuta, reportero judicial de La Opinión, fundador de medios digitales y defensor de la libertad de prensa desde la FLIP. Su trayectoria fue reconocida con premios nacionales y el respeto de colegas que entendían el valor de su trabajo.
Pero los reconocimientos nunca blindan a un periodista frente a quienes prefieren el silencio.
Las amenazas en su contra no fueron rumores. Por varios años enfrentó intimidaciones y atentados por cuenta de las investigaciones que adelantaba. Él, su familia y colegas sabíamos que su oficio tenía costos. Y las autoridades también, por eso su muerte resulta aún más dolorosa.
El debate ahora no puede limitarse a la captura de quienes habrían participado en el crimen. Las recientes detenciones representan un avance importante, pero, ¿cómo es posible que un periodista amenazado durante años termine siendo asesinado? Más aún cuando las investigaciones apuntan a que detrás del homicidio habría una estructura criminal organizada, con capacidad de planear seguimientos y, presuntamente, impartir órdenes desde la cárcel.
Es un caso que demuestra que el problema no se reduce a la existencia de esquemas de protección. La verdadera garantía para la libertad de prensa consiste en desmontar las organizaciones que convierten a los periodistas en objetivos.
Cristian publicaba información relacionada con investigaciones judiciales, presuntos hechos de corrupción y denuncias sobre las relaciones entre sectores de poder y estructuras criminales en Norte de Santander. Hacía el periodismo que más necesita una democracia: el que se niega a mirar hacia otro lado. Y ese suele ser el periodismo más vulnerable.
Lo ocurrido con él nos recuerda la fragilidad con la que muchos periodistas ejercen su oficio en distintas zonas del país. Allí donde confluyen intereses políticos, económicos y criminales, la libertad de prensa suele ponerse a prueba todos los días.
Colombia no se puede acostumbrar a estas noticias, porque en un país que se define como democrático no debe ser normal que maten periodistas por hacer su trabajo.
Cristian, lamentablemente, ya no podrá seguir investigando. Urge garantizar que ningún periodista vuelva a ser asesinado por formular las preguntas que una democracia necesita escuchar.
*Director del Programa de Comunicación Social de la UTB.

