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Tecnología

Avances de la IA en 2025: del “chat” al agente que ejecuta

El 2025 tuvo nombres propios —GPT-5, Claude 4, Gemini 2.5, DeepSeek R1— y una competencia obsesiva por dos cosas: razonamiento y contexto. Estos son los detalles.

Avances de la IA en 2025: del “chat” al agente que ejecuta

2025 fue el año en que la inteligencia artificial dejó de solo responder y empezó a hacer. // Foto: creada con IA

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Avances de la IA en 2025: pasamos del chatbot simpático al agente que razona, planifica y ejecuta tareas completas, como quien se mete al mercado y vuelve con todos los mandados hechos.

Enero siempre trae esa sensación de borrón y cuenta nueva: se baja la música de diciembre, se ajustan presupuestos, y el mundo vuelve a hablar de “lo que viene”. Pero si uno quiere entender lo que viene en inteligencia artificial, toca mirar con calma lo que pasó en 2025, porque el salto no fue cosmético. No fue “otro modelo un poquito mejor”. Fue un cambio de fase: de una IA que conversa, a una IA que opera.

En 2023 y 2024 la conversación giraba alrededor de la IA generativa como “máquina de texto”: redacta, resume, traduce, hace chistes, responde dudas.

En 2025, sin avisar mucho, esa idea se quedó corta. Los modelos de frontera dieron un paso hacia algo más parecido a un sistema completo: no solo producen palabras, también razonan, planifican y encadenan acciones. Es lo que muchos empezaron a llamar IA agéntica: una IA con capacidad de dividir un objetivo grande en pasos pequeños, ir a buscar lo que le falta, usar herramientas, corregirse y terminar la tarea. En lenguaje de calle: ya no es el pelao que aconseja desde la esquina; es el que se monta en la moto y resuelve.

Ese cambio vino impulsado por una carrera intensa de modelos de nueva generación. 2025 tuvo nombres propios —GPT-5, Claude 4, Gemini 2.5, DeepSeek R1— y una competencia obsesiva por dos cosas: razonamiento y contexto. El razonamiento no es “pensar como humano”, pero sí es la capacidad de sostener problemas largos (matemática, programación, análisis) sin desbaratarse a mitad de camino. Y el contexto —esas ventanas gigantescas que ya se miden en cientos de miles o hasta millones de tokens— significa algo muy práctico: la IA puede leer y trabajar sobre más información de una sola vez sin perder el hilo. En vez de “pásame otro archivo”, le das el expediente completo.

Avances de la inteligencia artificial en 2025

Pero el verdadero giro no fue que la IA “respondiera mejor”. Fue que empezó a tomar el teclado. En 2025 se consolidó la idea de agentes capaces de operar en interfaces reales: navegador, escritorio, formularios, paneles de empresa. Plataformas y pruebas nuevas empezaron a medir no si la IA escribe bonito, sino si cumple la misión. Y los resultados mejoraron rápido, aunque con un matiz importante: la autonomía creció, sí, pero aún se enreda con lo mismo que a veces nos enreda a nosotros: interfaces caprichosas, pasos escondidos, confirmaciones, CAPTCHA, cambios inesperados. La IA agéntica se volvió capaz, pero no infalible; y esa diferencia es la frontera entre “asistente” y “piloto automático”.

Donde esto se sintió con más fuerza fue en el trabajo de oficina y en el desarrollo de software. Aquí apareció una paradoja sabrosa: con IA, los desarrolladores lograron completar más tareas y producir más código, pero a nivel organizacional no necesariamente entregaron más rápido. ¿Por qué? Porque el volumen se disparó y el cuello de botella se movió: menos tiempo escribiendo, más tiempo revisando. Las revisiones humanas se hicieron más pesadas, y la estabilidad del software se resintió. La lección es incómoda pero útil: la IA no “arregla” equipos; los amplifica. Si hay buenas prácticas (pruebas, monitoreo, disciplina), acelera. Si hay desorden, acelera el caos.

Mientras tanto, por debajo del show de las demos, 2025 confirmó algo que venía cocinándose: la IA dejó de ser solo software y se volvió un asunto de infraestructura. Como quien monta un restaurante y descubre que el problema no es la receta sino el gas, el agua y la nevera. Los modelos exigen cómputo masivo, y el cómputo exige energía, centros de datos, redes, chips especializados. Por eso vimos más protagonismo de “silicio a la medida” (TPUs y aceleradores optimizados), y hasta conversaciones serias sobre energía nuclear y reactores modulares pequeños como fuente estable para alimentar centros de datos. La IA, en 2025, empezó a parecer menos “app” y más política industrial.

Y como la infraestructura es geopolítica, también apareció con más claridad la tensión entre ecosistemas: el mundo del “código cerrado” con grandes laboratorios estadounidenses y su músculo de cómputo, y un empuje fuerte por eficiencia y modelos abiertos —con China y otros actores presionando por acortar brechas a punta de optimización. Esa competencia importa porque determina quién puede innovar, quién puede auditar, quién puede adaptar y quién queda solo como consumidor.

Otro de los avances de la IA en 2025 que dejó de ser ciencia ficción fue la inteligencia física: robots que no solo repiten movimientos en fábrica, sino que se acercan a la flexibilidad de una casa real. La convergencia de visión + lenguaje + acción (modelos que ven, entienden instrucciones y ejecutan) y la caída de costos movieron la robótica humanoide desde el laboratorio hacia pilotos más ambiciosos. Hubo anuncios de robots con precios impensables hace pocos años —ya no “cientos de miles”, sino cifras comparables a una computadora costosa— y demostraciones de tareas domésticas sencillas pero simbólicas: doblar ropa, ordenar, manipular objetos delicados. Todavía estamos lejos del robot mayordomo que lo hace todo, pero 2025 fue el año en que esa idea dejó de ser chiste y empezó a ser hoja de ruta.

Claro, cuando una tecnología acelera así, la sociedad responde con dos reflejos: fascinación y susto. En 2025 se notó más que la discusión pública ya no es si la IA “sirve”, sino quién responde cuando falla, cómo se etiqueta lo sintético, y qué se permite o se prohíbe. Europa apretó el paso con obligaciones de transparencia para IA generativa: etiquetado de contenido, marcas de agua o metadatos, y exigencias sobre información de entrenamiento y gestión de riesgos. Para medios, educación y política, esto es central: si el contenido puede ser fabricado con calidad, la confianza se vuelve el bien escaso.

¿Y qué nos deja este resumen al entrar en 2026, desde una Cartagena que mira el futuro con el sol pegando duro pero la cabeza fría? Tres ideas simples.

Primera: los avances no se tratan solo de modelos más listos, sino de sistemas que actúan. Segunda: la productividad no llega por decreto; llega cuando las organizaciones ajustan procesos, roles y controles para convivir con agentes. Y tercera: el cuello de botella ya no es “qué tan creativo escribe”, sino energía, cómputo, gobernanza y responsabilidad.

En otras palabras: 2025 fue el año en que la IA dejó de ser un chat en una ventanita y se convirtió en una capa operativa sobre el mundo digital… y, poquito a poco, sobre el mundo físico. Como la brisa en el Camellón: uno puede ignorarla, pero igual está ahí, empujando. La pregunta ya no es si la sentimos, sino hacia dónde dejamos que nos lleve.

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