Desde hace más de cuarenta años, Dorsy Güette De la Hoz no sabe lo que es dormir hasta las 6, 7 u 8 de la mañana, porque tiene que atender la mesa de fritos que tiene en la plaza principal de Mahates. Allí deleita a propios y foráneos con las arepas de huevo, carimañolas, empanadas de maíz con carne, buñuelos de frijol, papas rellenas, café y chichas de maíz que ella misma prepara.
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Además de trasnocharse por este oficio, del cual obtiene el sustento para su familia, lleva en su alma el amor de madre y está pendiente de su hijo Dever, quien tiene 40 años y padece de una discapacidad mental, por lo que Dorsy debe atenderlo de sol a sol. Sus ojos están centrados en él.
Dorsy cuenta que su especialidad es la arepa de huevo, razón por la cual la conocen como la reina de la arepa. Reconoce que para hacer un buen producto es importante pensar en el cliente, para que quede contento y que cuando se coma una, pida otra.
“Por eso hay que hacer un producto de calidad, que quien lo pruebe tenga el deseo de regresar a comprar más y así recomendarlo a los demás. Eso de preparar arepa de huevo tiene su secreto. Lo primero que se debe tener en cuenta es que el aceite sea nuevo, no debe reutilizarse. Agregarle su tanto de sal y a esto se suma que el maíz que se cocina para sacar la masa no se pase de candela, porque se vuelve un mazacote, que la carne para mezclar con el huevo no tenga grasa y, por último, ponerle amor a la arepa. Si le damos amor, esta queda sabrosa”, explica.
Dorsy se va a la cama a las 10 de la noche, pero antes de irse a descansar deja preparados los ingredientes para la jornada. En esto la ayuda su hija Delfina, quien durante el día se dedica a tener a la mano los productos como el maíz, la yuca, la carne, los huevos, entre otros.
A la 1:30 de madrugada el reloj biológico despierta a Dorsy. A esa hora se alista para llegar al puesto de venta, que abre desde las 3:30 de la madrugada y cierra a las 11 de la mañana. Regresa a su casa, descansa durante dos o tres horas, y luego se pone a sacar la cuenta de lo producido para pagarle a sus proveedores.
Esta mujer nació hace 65 años en Calamar (Bolívar), pero vive en Mahates, en una casa de barro y bahareque, en el Callejón Angosto del barrio La Vera. Tuvo tres hijos: Dever, Erika y Delfina. A estas dos las educó hasta el bachillerato y tiene cinco nietos. Recientemente quedó viuda. Extraña mucho a su compañero, pues además de ser el amor de su vida, era quien le ayudaba con los quehaceres de la venta de fritos.
“Él trabajó por varios años como conductor de bus de la ruta Mahates - Cartagena. Lástima que no pudo gozar de la pensión, porque según ellos (la empresa) no tenía las semanas cotizadas para beneficiarse”, dice Dorsy.
Relata que nunca fue a la escuela, pero su madre, Delfina De la Hoz, quien hoy tiene 85 años y vive en Barranquilla, además de enseñarle a trabajar, le enseñó “cómo se sacaban las cuentas”. Sin embargo, Dorsy usa la calculadora para estar segura y no equivocarse cuando tiene pedidos grandes.
“Cuando empecé a hacer arepas, hace 40 años, tenían un costo de $100. Hoy están a $3 mil. Todo ha subido de precio y no sabemos hasta qué punto vamos a llegar. Antes cocinaba 10 kilos de maíz, hoy solo cocino 3; antes 10 kilos de papa, ahora 5. Antes se podían vender hasta 90 arepas, pero ahora unas 60. Es decir, que los altos costos de los ingredientes hace que disminuya la producción”.
Su venta de fritos está frente a la Alcaldía, a unas seis cuadras de su casa. Dorsy es reconocida como un personaje típico del pueblo. Transmite alegría cuando alguien llega a su punto de ventas, mantiene una sonrisa a toda hora.
Trata a sus clientes como si los conociera desde hace mucho tiempo y ofrece sus productos. Manifiesta que durante las jornadas electorales le toca duplicar todo porque para esos días es cuando más vende fritos.
Dorsy recuerda que pasó el susto de su vida el 30 de octubre de 2011, cuando culminaban las elecciones para la Alcaldía en ese año.
“A eso de las 7 de la noche se registró una asonada y fue incendiado el palacio municipal, donde funcionaban la Registraduría y las oficinas de la Alcaldía. Ese día me tocó correr, no sé dónde quedó la carretilla, que ya estaba lista para irnos a celebrar la venta. De pronto veo que va un montón de gente con piedras y botellas llenas de gasolina, y se las tiraban al edificio.
Yo dejé todo y buscamos una escalera para socorrer al mandatario local y algunos funcionarios que estaban en el edificio, en medio de la candela. Buscamos una escalera y les ayudamos a salir por las ventanas. Eso fue horrible”, rememora.
Mientras recuerda todo eso, dice que en su puesto le ha vendido arepas a gobernadores, alcaldes, diputados, concejales y funcionarios. También a candidatos a distintas corporaciones, a quienes les toca el hombro y les recuerda las promesas que le han hecho.
“Me dicen: ‘te vamos a dar una casa, te vamos a ayudar’, pero a la larga eso queda en bla, bla, bla. Lo único que siempre les he pedido es que me arreglen el Callejón Angosto de La Vera, pero nadie me ha hecho ese favor. No para mí, sino para mi comunidad, los que sufrimos con la temporada de lluvias porque todo se llena de barro, pues la calle está sin pavimento”.
También le pide a la Alcaldía que a su hijo lo incluyan en los programas de atención para la población con discapacidades, ya que acude al buen corazón de algunas personas cuando le toca llevarlo a una cita médica en Cartagena, pues las ganancias de la mesa de fritos muchas veces son pocas.