En el Palacio Ducal de la ciudad de Venecia, existe una estructura denominada “El puente de los suspiros”, que comunica la sala de justicia con las mazmorras, allí, después del juicio, los reos pasaban a su encierro de por vida en una celda donde jamás volverían a ver la luz del sol, por eso daban su último suspiro de cara al cielo. Giacomo Casanova, aventurero, libertino, tramposo y gran seductor, fue hecho prisionero y condenado por inmoral. Al pasar por el puente, se tiró al canal donde fue recogido por un gondolero y emprendió la fuga, así que a partir de ese día el Duque ordenó cubrir el puente.
En Mar-a-Lago nadie comprendía por qué el presidente Donald Trump estaba tan decepcionado después de la extracción de Maduro, resulta que había descubierto que Petro no era el diminutivo de petróleo, tal como un traductor sin experiencia le había informado. Le decía a Marco Rubio que estaba esperando cualquier oportunidad para replicar su acción en Colombia. La noticia corrió como pólvora por los noticieros internacionales, también bajo el palito de caucho, en Bazurto, y en boca de los madrugadores de los paseos de Manga y Castillogrande.
En la Casa de Huéspedes Ilustres, todo era sudor, manos frías, retorcijones y gases. No era para menos: el “fantasma del peluquín” había lanzado una de sus sentencias. Dicen las malas lenguas de La Heroica que Gustavo y Armando no encontraban un sitio seguro en la Escuela Naval donde esconderse. El primer día los pusieron a dormir en un destartalado submarino enterrado en el patio de armas, allí Benedetti no dejaba dormir a Petro con sus ronquidos, al día siguiente agotaron la reserva de café fuerte para despejar al presidente trasnochado.
Dicen que cada vez que escuchaban un helicóptero de la Armada, Benedetti se tiraba al suelo gritando: “¡No me lleven, que yo les cuento todo lo de la campaña!”. Se vivieron momentos dramáticos. La tensión de la escena era digna de una película de espionaje: Petro, angustiado, intentaba redactar trinos explicando que la amenaza de Trump era, en realidad, una construcción del lenguaje neoliberal. Armando, por su parte, trataba de camuflarse entre los infantes de marina. Se puso una gorra de la Escuela Naval, pero su incapacidad para quedarse callado por más de diez segundos lo delataba.
Todos suspiramos cuando nuestro presidente llamó a Trump y este aceptó hablar para imponer sus condiciones, hasta le parecieron simpáticas las galimatías del muchacho. Algunos camaradas pensionados siguen haciendo ejercicios de combate con palos de escoba durante las mañanas en el Camellón de los Mártires, por si toca tomar las armas por la Patria o en caso que no devuelvan a Petro. En su lugar yo no iría.
*Psiquiatra.
