Suele afirmarse que el periodismo escribe el primer borrador de la historia. Mientras la mirada retrospectiva de los historiadores examina el pasado desde la serenidad que otorga el tiempo transcurrido, la prensa registra los acontecimientos en caliente, en medio de la incertidumbre, cuando sus consecuencias son insospechadas y los protagonistas disputan el sentido de los hechos.
En los diarios de ayer no solo reposa el inventario de lo sucedido; en sus páginas palpita la manera exacta en que una sociedad interpretaba su propio presente, incluidos los silencios que definieron la sensibilidad y las contradicciones de cada una época. Los periódicos, que nacen para informar sobre acontecimientos pasajeros, terminan convirtiéndose en documentos permanentes de la historia de una comunidad.
Cartagena de Indias ha cuidado con celo y legítimo orgullo sus murallas, fuertes, baluartes y sus templos de piedra. Sin embargo, la identidad de una urbe no descansa únicamente en su patrimonio monumental. Existe otra riqueza documental, silenciosa e imprescindible, que testimonia la vida de sus gentes. En las páginas de El Universal se ha plasmado durante los últimos 78 años el crecimiento de la ciudad, sus avances turísticos, industriales y portuarios, la conformación de sus barrios y los avatares comunitarios, junto con los modestos anuncios comerciales y las alegrías y pesares de los hogares anónimos. Conservar este acervo no busca dar por sentadas verdades indiscutibles, pues los periódicos también reflejan los límites y sesgos de su tiempo.
El conversatorio celebrado este martes en la Biblioteca Bartolomé Calvo, con Jaime Bonet y Fernando Barona, sobre el proceso de digitalización de los ejemplares impresos de El Universal, puso de relieve la madurez de una alianza que nació en 2018, de la cual se ha logrado rescatar y digitalizar cientos de ediciones impresas, demostrando que la preservación física y el acceso digital no son excluyentes, sino complementarios. Mientras la custodia técnica protege el papel original y su diagramación frente al deterioro, la digitalización rigurosa democratiza la consulta pública, transformando un archivo que nació en el seno de una empresa privada en un auténtico bien común al servicio de la investigación y la cultura regional. Esta digitalización, además, contribuye a proteger los originales, porque reduce la necesidad de manipularlos físicamente.
Por ello, desde esta casa editorial expresamos nuestra más profunda gratitud al Banco de la República por asumir con generosidad, rigor científico y vocación de servicio público la custodia de este patrimonio. Su invaluable apoyo asegura que la palabra escrita de los cartageneros no perezca ante el olvido y permanezca encendida como memoria que oriente el futuro de nuestra comunidad.
