En reciente artículo publicado en ABC, titulado ‘El votante exaltado’, el autor Carlos Granés analiza la transformación de la política contemporánea en un terreno dominado por la estridencia, la polarización y liderazgos de “bajo vuelo” que apelan al miedo y la paranoia. Granés argumenta que, ante la proliferación de líderes megalómanos, el votante actual suele reaccionar de manera contraproducente.
En lugar de proteger el Estado de derecho y los contrapesos institucionales, se entrega a un tribalismo ciego y fanático. Cegado por el horror hacia la oposición, el ciudadano abraza discursos extremos y exige inmunidad para su “líder salvador”, olvidando que la verdadera defensa ante la degradación política no radica en un partido, sino en la separación de poderes, la libertad de prensa y el respeto a las reglas democráticas.
Esta preocupante radiografía coincide plenamente con los análisis de prestigiosos columnistas en la prensa global, quienes anotan que la erosión de la democracia sucede desde dentro; es decir, que las democracias modernas ya no caen mediante golpes militares tradicionales, sino a través del desmantelamiento gradual de las instituciones por parte de líderes elegidos en las urnas. La radicalización del votante propicia perdonar los abusos de su bando con tal de no perder el poder por sus rivales ideológicos.
A esa visión le acompaña la política de la animadversión, abordada en The Guardian cómo la “política de la identidad”, en la que el resentimiento ha sustituido a los debates sobre políticas públicas. Para tal fin, los asesores políticos modernos diseñan narrativas emocionales orientadas a deshumanizar al oponente. Esto transforma las elecciones en batallas existenciales donde el compromiso y el consenso se perciben como actos de traición por parte del votante hiperpolarizado.
Tal como lo afirma María Paz Montero, en Aceprensa, este deterioro no es exclusivo de la política partidista, pues se infiltra con facilidad en ambientes cultos e instituciones respetables. De manera sumamente aguda, esta paradoja se hace presente en círculos cristianos, donde la caridad es un mandato explícito. En estos espacios, la sospecha puede circular con fluidez, utilizando la tradición o el magisterio no para iluminar, sino para etiquetar al otro como “contaminado” por estar en el bando incorrecto, revistiendo la hostilidad de un lenguaje de fidelidad.
Granés, reflejando casi un consenso en el periodismo de opinión internacional, alerta sobre un cambio de paradigma, consistente en que el mayor peligro para las democracias occidentales ya no proviene únicamente de la baja calidad de sus gobernantes, sino de la transformación de un votante que, devorado por la hostilidad y el sesgo de confirmación, está dispuesto a sacrificar las formas que civilizan el poder con tal de asegurar la victoria de su facción.
