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Editorial

Sembrar energía

“Quien recorre las carreteras bolivarenses evidencia vastas extensiones de áreas improductivas, y es exactamente en esas tierras donde podemos instalar inmensos parques solares sin sacrificar nuestra vocación agrícola”.

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El Caribe colombiano atraviesa un momento decisivo. A medida que la región se moderniza, la demanda de energía per cápita crece a ritmo acelerado.

Fenómenos globales como la digitalización exigen más potencia, pero también lo hace nuestra propia realidad climática y social: en la Costa, el aire acondicionado hace mucho tiempo dejó de ser un lujo para convertirse en una necesidad innegable de salud, habitabilidad y productividad. Sin embargo, el gran obstáculo para que una familia acceda a este bienestar no es el costo del electrodoméstico, sino la tarifa eléctrica. Un equipo encendido 24 horas puede consumir en un mes el equivalente a su valor en la tienda en determinados barrios. La solución definitiva a este ciclo de pobreza energética no vendrá de las montañas del interior del país; la verdadera salida está en aprovechar nuestros propios recursos y ‘sembrar energía’.

Para dimensionar la magnitud de este reto, basta con observar la profunda asimetría entre dos departamentos hermanos. Bolívar, con una vasta extensión aproximada de 26.000 kilómetros cuadrados, es casi ocho veces más grande que Atlántico. La lógica territorial y matemática dictaría que Bolívar debería ser el epicentro indiscutible de las granjas solares en el país; no obstante, las cifras del mercado eléctrico a marzo de 2026 exponen una realidad abrumadora.

Hoy, el departamento del Atlántico cuenta con una inmensa capacidad de 996 megavatios (MW) solares. En doloroso contraste, Bolívar suma un total de apenas 71 MW.

¿Por qué los inversionistas prefieren un departamento con mucha menos tierra, logrando generar una capacidad operativa abismalmente superior? Las excusas técnicas se caen por su propio peso.

No es un tema de radiación: ambos departamentos gozan de un sol envidiable y superior a los promedios mundiales. Tampoco es un asunto de infraestructura de redes. Ambos padecieron el rezago de Electricaribe; pero hoy, mientras Atlántico lidia con una Air-e intervenida por el Gobierno, Bolívar cuenta con Afinia, respaldada por la solidez técnica de EPM. Pese a que ambas enfrentan crisis de recaudo, Bolívar tiene un operador con mayor músculo institucional. Y, definitivamente, no es falta de tierra.

A diferencia de otras regiones, el departamento de Bolívar es tan inmenso que hay espacio para todo. No tenemos que forzar debates sobre si los paneles deben competir o coexistir con la agricultura. Quien recorre las carreteras bolivarenses evidencia vastas extensiones de áreas improductivas, tierras donde no hay ganadería ni cultivos porque el suelo no es el adecuado. Es exactamente allí, en esas áreas ociosas, donde el sol brilla con fuerza y donde podemos instalar inmensos parques solares sin sacrificar nuestra vocación agrícola.

Si no es el sol ni la red ni el espacio, la inmensa brecha de megavatios radica en un solo factor: la articulación institucional.

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