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Editorial

El nuevo Congreso

“Es clarísimo que el ministro más importante del próximo Gobierno será el del Interior, encargado de las relaciones políticas, singularmente con el Congreso”.

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Sin considerar quién logra la Presidencia de la República, se encontrará con un nuevo Congreso más interesante, más definido y retador que el que ha sorteado el actual Gobierno. Ya no será un parlamento dominado por las fuerzas tradicionales; el equilibrio entre las distintas vertientes es palpable, pues la derecha terminaría, al concluir los escrutinios, aproximadamente con 38 curules, el centro con 34 y la izquierda con 30.

Lo anterior quiere decir que, independiente de quién gobierne los próximos cuatro años, los acuerdos serán más indispensables que nunca, convirtiéndose el centro, salvo que se imponga el uso de la mermelada que todo lo corrompe, en la fuerza definitoria de las mayorías para aprobar las iniciativas del Ejecutivo; y las minorías cobrarán un valor aún mayor que en el cuatrienio que este año fenece.

De otra parte, debe haber preocupación en los partidos tradicionales; todo parece indicar que el Partido de la U quedaría con 9 escaños en 2026, el Liberal con 13 y el Conservador con 10 curules, retrocesos que obligan a la autocrítica, pues han sido castigados por los electores a pesar del gasto en sus campañas, y el conocimiento y experiencia que sus directivos tienen de la cosa pública.

El que los nuevos partidos predominantes sean el Pacto Histórico y el Centro Democrático es un mensaje contundente del continuado agotamiento de las bases con las banderas tradicionales, o del distanciamiento de sus líderes con el sentir de sus seguidores, siendo aún más pronunciado el giro acelerado hacia la izquierda, que hace solo ocho años era apenas otra de las minorías, y hoy obtiene el mayor número de curules en el Senado.

Las líneas ideológicas se borraron para los partidos tradicionales, que pasaron a convertirse en organizaciones clientelares sin clara definición ideológica. Sin un talante meridiano de esos partidos, las nuevas fuerzas, con mensajes diáfanos de identidad ante los temas centrales de la discusión pública, su irrelevancia podría ser inatajable

Es clarísimo que el ministro más importante del próximo Gobierno será el del Interior, encargado de las relaciones políticas, singularmente con el Congreso. Ante un organismo tan atomizado, su labor será ardua e ingeniosa, pues tendrá que apelar al conocimiento, la experiencia y respetabilidad que debería caracterizarle, para granjearse el aprecio de los parlamentarios y lograr las coaliciones singulares para cada proyecto que se presente.

De contera, el ingreso de un número mayúsculo de senadores y representantes con altísima capacidad de formular discursos que seguramente retumbarán en cada discusión o sesión importante en ambos hemiciclos, pues son reconocidos por su capacidad dialéctica y enjundia en la defensa de sus posiciones, elevará el nivel del debate, lo que exigirá aún más preparación y poder de convencimiento a los voceros del nuevo Gobierno.

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