Ante el ataque sorpresivo del Gobierno de Estados Unidos, y el previsible del de Israel sobre el Líder Supremo de Irán y su cúpula máxima, la nación persa se encuentra hoy en similar encrucijada a la enfrentada por la Unión Soviética en 1991. Pero nada puede asegurar, ni aún la continuidad de bombardeos esta semana, que el régimen teocrático de los ayatolas colapsará o que semejante golpe de gracia logre una transición pacífica hacia la moderación.
Esa autocracia, que ha animado a grupos con capacidad de propinar actos de terror en tantas naciones, con amigos significativos en Cuba, Venezuela, Nicaragua y Colombia, y aliado fundamental de Rusia o China, aún tiene la capacidad de reorganizarse, pues está más que preparado, tal como lo afirman los analistas de ese tablero convulso que es para nosotros el Medio Oriente, hacia una sucesión pausada de entre varios candidatos muy bien adoctrinados en la aplicación de la sharía, o ley islámica.
Para que desaparezca un régimen severo contra su propio pueblo como el que encabezan los ayatolas en Irán se requiere o una derrota militar total, que implicaría el ataque persistente de Israel y EE. UU., con la suma de países árabes sunitas que perciben con recelo al gobierno chiíta iraní; o un acuerdo entre países árabes, con el patrocinio de distintas naciones, para que los nuevos gobernantes morigeren sus estrictas normas y le den paso a una economía abierta y el compromiso de cesar en su empeño por erradicar de la faz de la tierra al pueblo judío.
Lo cierto es que somos espectadores de los prolegómenos del nuevo orden mundial, impuesto por la Casa Blanca, en el que una de sus características es el de la geopolítica de la fuerza bruta, en la que el diálogo se inicia, pero se agota pronto si no hay avances significativos en compromisos que supongan la convivencia con el sistema capitalista liberal.
Se ha comentado repetidamente que Teherán perdió una oportunidad invaluable en los diálogos que realizaba con Washington hasta la semana pasada, pues sus líderes no tuvieron la capacidad de percibir el aislamiento en el que se encuentra la teocracia persa, golpeada además por su crisis económica y social interna, y que ahora será mayor por haber disparado sus poderosos misiles contra bases estadounidenses en Arabia Saudí, Emiratos, Jordania y Qatar, justo cuando el mundo árabe ya no ve beneficios en revoluciones islámicas represivas que no generan riqueza y solo producen inestabilidad en la región y en sus relaciones con Occidente.