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Editorial

La legalización de la marihuana

“Los años han pasado; ya hay balances, y no parecen ser buenos para los defensores de la legalización, o de quienes sostienen que el alcohol es peor...”.

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Por años, las ideas progresistas y una avanzada médica y política han promovido legalizar las drogas como solución para acabar o reducir el narcotráfico y ese sucedáneo terrible que es la violencia por la confrontación de los traficantes en disputa de territorios y rutas internas e internacionales.

Se ha sostenido que legalizar y regular el mercado elimina las ganancias ingentes del crimen organizado, que les da recursos ilimitados para comprar conciencias, con lo cual se reducirían los enfrentamientos entre carteles y se acabaría con ese tipo de corrupción institucional que permea la conciencia y el bolsillo de los servidores públicos; así, legalizando la producción, distribución y consumo de drogas, no solo se reduce el precio de estas y, por ende, desaparecen las rutas ilícitas, mejorando la salud pública en tanto que el control de calidad sobre las drogas evitarían enfermedades y muertes por adulteración.

No se desprecia el aumento en el recaudo tributario, pues la legitimidad implica asignar impuestos a una producción y venta que, estando en la ilegalidad, se libra de esa contribución fiscal, lo que daría recursos para implementar programas de educación, prevención y atención de la drogadicción.

Bajo esa ruta, distintas naciones optaron, en lustros recientes, por permitir esa liberación, como ocurrió en algunos países escandinavos o en los EE. UU., en los que varios estados aprobaron la venta de marihuana, experimento basado también en el libre desarrollo de la personalidad, doctrina por la cual prima la libertad individual y el respeto por los derechos civiles.

Los años han pasado; ya hay balances, y no parecen ser buenos para los defensores de la legalización, o de quienes sostienen que el alcohol es peor que las drogas y que, si aquel se legalizó, no habría razones para no hacerlo con estas.

Por ejemplo, Colorado y Washington, que fueron los primeros estados de EE. UU. en autorizar el uso recreativo de la marihuana, considerando que había que desmontar décadas de políticas prohibicionistas en relación con una droga considerada relativamente inocua frente a las demás, lo que supuso que buena parte de esa nación asumiera esa política, hoy comienzan a reconocer los efectos nocivos al punto que se está planteando como un error, pues la marihuana se ha convertido en un problema de salud pública.

La Encuesta Nacional sobre el Uso de Drogas y la Salud, que realiza la Administración de Servicios de Salud Mental y Abuso de Sustancias (SAMHSA), indica que su consumo se ha triplicado en EE. UU. en los últimos 6 años, de seis millones de usuarios diarios a 18 millones, con lo cual ahora hay estadounidenses que consumen marihuana diariamente más que los que consumen alcohol, con más casos de paranoia aguda, trastornos psicóticos, accidentes de tránsito, entre otros males.

El tema merece ampliar los argumentos.

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