Diversos hechos y mensajes ignominiosos concurrieron en la ciudad la última semana, que muestran degradación en la cultura ciudadana y en el respeto debido a la dignidad y los valores que protegen la convivencia pacífica y decente entre sus habitantes.
Uno de estos hechos ocurrió el 9 de febrero en el Centro, difundido por el exalcalde William Dau, en el que fue agredido con clara intención ofensiva contra su honra e integridad, acto reprochable respecto del cual muchos cartageneros se han pronunciado, con sobrada razón, rechazándolos.
La protuberante agresión física y verbal hacia el exmandatario constituye una clara injuria por vías de hecho, razón por la que concordamos con la defensa del exalcalde en cuanto a que se trata de un hecho dirigido a humillarlo públicamente y amplificar el agravio mediante su grabación y posterior circulación en entornos digitales.
Similar de ofensiva contra el decoro fue la reacción del exalcalde y sus ataques vulgares y degradantes incluso contra el actual mandatario distrital.
El Universal rechaza todo intento de instrumentalización de las personas, como objetos de burla y escarnio, para degradar su integridad moral, o respuestas a agresiones de equivalente naturaleza ofensiva o humillante, pues la dignidad humana no es negociable ni puede relativizarse por diferencias políticas, ideológicas o personales.
En no pocos aspectos hemos llegado a niveles intolerables, pues se tiende a validar toda suerte de ofensas y mensajes indecorosos a partir de argumentos débiles o irreales, como de que tal persona se lo merece por haber instaurado la ofensa y la vulgaridad como forma de comunicación de sus ideas políticas y planteamientos públicos.
Otro caso tiene que ver con la serie de mensajes ofensivos al decoro y el respeto al prójimo, como el resaltado por el padre Rafal Castillo, quien comentó, a propósito de un anuncio vulgar que puede leerse en un bus de turismo, que nos tienen que hacer reflexionar sobre la convivencia y las relaciones en nuestra urbe. Mensajes degradantes no deberían permitirse, pues dan la idea de que Cartagena es lugar de diversiones donde todo es permitido y todo se vale. No puede ser que aceptemos que algunos prestatarios de servicios turísticos promuevan la ciudad desde estos enfoques. Cierra el padre Castillo su llamado afirmando: “Aquí en Cartagena hay gente que todavía se sonroja...”.
No podemos permitir que se normalicen las faltas al respeto, las injurias, las calumnias, la plebedad o los mensajes hirientes, así sea que se disfracen con aparente picardía, porque no se trata de humor, sino de una cultura que está perdiendo el sentido moral. La ciudad debe rechazar toda manifestación de intolerancia y degradación del debate público, así como los mensajes que ofendan el pudor en una urbe que, por ser turística, no tiene por qué aceptar la vulgarización de las costumbres.
