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Editorial

Ecos del encuentro

“La reunión de ayer, concluida con palabras elogiosas y muestras de respeto y consideración entre las partes, prácticamente relanza las relaciones...”.

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Los colombianos podemos sentirnos aliviados de que la reunión entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el nuestro, Gustavo Petro, salió mejor de lo que se esperaba, como lo prueba el hecho de su extensión, superior en tiempo a lo que se había vaticinado, y con un cierre estratégicamente emotivo por parte del anfitrión, al afirma que fue un “gran honor” conocerlo y que ama a Colombia, según dedicatoria en una tarjeta que le obsequió en el encuentro, en la Casa Blanca.

Aun cuando hubo señales que hablan más que las palabras, como el hecho de que no fue recibido en la puerta del Ala Oeste por Trump ni por la tradicional guardia de honor militar, actos que sí se han ofrecido a otros presidentes latinoamericanos, el tiempo destinado por el anfitrión al invitado y el grato cierre de la reunión señalan claramente el sitial que Colombia tiene en Washington y la conveniencia de este acercamiento, que tendría que profundizarse para proteger una relación que ha perdurado por 200 años entre las dos Repúblicas.

La futilidad de las acciones y constantes mensajes inamistosas del presidente colombiano contra su homólogo estadounidense, que no tenían ningún sentido habida cuenta de que en materia de diplomacia entre Estados, lo cortés no quita lo valiente, ha quedado demostrada tras esta visita, pues lo que se podía lograr con una personalidad tan compleja como la de quien está al frente del gobierno de EE. UU., no necesitaba -ni necesita- de bravuconadas, máxime si se sabe que en materia de relaciones entre naciones nunca un mandatario debe privilegiar sus concepciones personales o ideológicas por encima de los intereses de la población a la que representa.

Las actitudes del presidente Petro, en vez de demostrar una vocación hacia la sostenibilidad de las relaciones con los gobiernos de EE. UU., exhibió un marcado interés en que estas se deterioraran progresivamente, como quien estaba en la línea de acercarse más a mandatarios de países con regímenes autoritarios, o con grupos calificados como extremistas, por decir lo menos.

La reunión de ayer, concluida con palabras elogiosas y muestras de respeto y consideración entre las partes, prácticamente relanza las relaciones entre ambas naciones y permite prever que no tendrían por qué caer en un nuevo limbo o en un rompimiento, que en nada beneficiaría al país, singularmente a los empresarios y a las familias que están separadas por la migración formal o irregular hacia la gran potencia del Norte.

Aunque en el centro de la reunión estaba el asunto del narcotráfico, del que Washington imputa la producción de cocaína en aumento bajo el gobierno Petro, y este sostiene que su política de sustitución de cultivos ha sido exitosa, lo más importante en el fondo es el forjamiento de la empatía entre ambos mandatarios, y el compromiso de tramitar cualquier diferencia por las vías diplomáticas.

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