La sustracción de Nicolás Maduro, combinada con el entendimiento abyecto de la vicepresidenta de Venezuela y el gobierno de EE. UU., tema del que tratamos aquí ayer, prueban la inutilidad y el peligro de la palabrería populista empleada en Latinoamérica como expresión de rechazo a la presencia de ese país por estos suelos.
Para nada sorprende la farsa de la supuesta dignidad de los regímenes que se sustentan en la tirantez permanente con Washington, pero abrazan sin reato los liderazgos que dirigen a países comunistas, o autocracias o a teocracias, en donde los derechos ciudadanos, singularmente de mujeres y minorías son despreciados y subyugados.
Hablan a voz en cuello de la dignidad de los pueblos que no se someten al águila calva del Tío Sam, para ocultar las fechorías que a oscuras cometen, pero que se terminan conociendo, indefectiblemente, porque nada hay recóndito que pueda mantenerse secreto cuando se sustenta en el mal ajeno.
No hay que ver sino el cambio de voz y de discurso en apenas unos días de otros, en los que se despotricaba de todo lo que oliera a Trump, para verlos después convertidos en un ‘lindo gatito’, apesadumbrados, asustados y seguramente arrepentidos de las arengas antiimperialistas.
Quienes en principio, a las pocas horas de haberse conocido la violación de la soberanía nacional de Venezuela por parte del Ejército de Estados Unidos, este 3 de enero, esperaban la lógica, condigna y necesaria reacción ante semejante atropello por parte de quienes ostentan en el país vecino la responsabilidad de la dirección del Estado, tuvieron que sentirse muy incómodos cuando, apenas pasadas las primeras horas, descubrieron la ausencia de resistencia y respuesta a la ofensa recibida de una potencia extranjera, con conductas reducidas a una bajeza repulsiva, como si no hubiera ocurrido nada.
El derecho a la reciprocidad en las relaciones internacionales implicaba, al menos, la confirmación de la permanencia del rompimiento de relaciones diplomáticas declarada en 2019 entre esos dos países. La ausencia de dignidad de quienes recibieron el poder para sostener la continuidad del régimen, pero bajo la dirección de Washington, es despreciable y obliga a pensar en cuál soberanía nacional, y en inferir que si ellos, los que estaban obligados a mantenerla, la entregaron tan descaradamente y sin vergüenza alguna, quién, entonces, por fuera del país vecino está obligado a alegarla.
Cabe, por tanto, formularse interrogantes como los planteados por el escritor venezolano, Rodrigo Blanco: ¿Cómo las democracias en América Latina y Europa no solo toleraron, sino que hasta apoyaron e hicieron negocios con una dictadura como la de Venezuela? ¿Cómo se considera normal que una pareja monstruosa tenga sometido al pueblo de Nicaragua? El presidente Petro, de cara a su reunión con Trump, podría mirar hacia atrás; ¿cuántas palabras se habría ahorrado?
