Contra cualquier aspiración contraria de la Federación de Municipios de Colombia, finalmente se instaló la Liga Caribe de Alcaldes, una idea que supo canalizar el burgomaestre de Cartagena a propósito de la tendencia por años acumulada de reclamar mayor autonomía territorial, competencias funcionales y descentralización de los recursos hacia esta gran región, aburridos con el excesivo centralismo, tan patrocinado por la tecnocracia capitalina.
Por supuesto, hace falta la confección y aprobación de una ley de regulación de competencias en el Congreso, para que no se quede en palabras huecas el acto legislativo recientemente aprobado, que perfeccionó la esperada reforma constitucional dirigida al aumento en el Sistema General de Participaciones, que eleva la concurrencia efectiva de las regiones en el presupuesto nacional, pero que, sin definir cómo se concretará la distribución de responsabilidades entre el nivel central y los entes territoriales, Bogotá persistirá en su interés de manejar la mayoría de los recursos estatales, con desprecio y desconocimiento de las provincias.
Si existe una figura que le ha hecho daño feroz a la lucha por la equidad o el trato igualitario entre las regiones es el nefasto centralismo, por el cual las decisiones dirigidas al desarrollo local están atadas a lo que determinados burócratas en la capital decidan con afanes imperialistas o de mal interpretado paternalismo, como si en las provincias no tuviéramos capacidad de decidir nuestro destino.
Durante las últimas semanas, durante la discusión y después de la aprobación del acto legislativo, los economistas expertos vaticinaron el resquebrajamiento de la unidad nacional y el despiporre en las finanzas públicas nacionales; por supuesto, no tienen en cuenta que, tal como lo reconoció en su momento el ministro Cristo y varios dirigentes costeños, el centralismo ha sido un rotundo fracaso, que ha fraccionado a Colombia en materia grave. No hace falta sino ver el atraso de varias regiones, o lo que ocurre en el Cauca o en el Catatumbo, o la pérdida de territorio marítimo y tantos otros desastres por esa mirada de incomprensión de nuestras potencialidades, particularidades e idiosincrasia desde las sabanas condiboyacenses.
Pero hay algo peor: hoy no tenemos proyectos esenciales para nuestro desarrollo y la sostenibilidad del ambiente, porque desde Bogotá unos funcionarios distantes deciden que ya no hay recursos que nos pertenecen para ejecutar proyectos como el Canal del Dique o proveerle agua permanente a la Guajira.
¿Qué problemas estructurales ha resuelto Bogotá en el Caribe? ¿Son más honestos y efectivos los funcionarios capitalinos? ¿Cuál es el grado de seguridad que le provee el centralismo a las regiones?
Nos demoramos demasiado para lograr esa reforma constitucional, y para fortalecer la unión entre los alcaldes costeños.
