Hoy vivimos un retorno de la razón sobre la estulticia y la soberbia. Un «fresquito» democrático recorre el mundo y devuelve la esperanza a quienes creemos en el humanismo, los derechos fundamentales y la dignidad humana.
En la Costa Caribe se tiene una curiosa manera de experimentar ciertas alegrías. Cuando un patrón acosa a un trabajador imponiéndole su arrogancia y, de pronto, el abusador pierde inesperadamente su poder, no necesariamente se le desea el mal. Pero, ¡caramba!, se siente un «fresquito» en el alma, un aire que devuelve la sonrisa y renueva la esperanza.
La victoria de Lula da Silva en Brasil, quien en la reciente contienda electoral se enfrentó al rico empresario Bolsonaro, demostró que la democracia todavía puede imponer sus condiciones y limitar el autoritarismo. ¿Cómo dejar a un lado los avances de los demócratas en Estados Unidos? Además, la victoria de Gina Hinojosa en Texas, derrotando al republicano Greg Abbott, aliado del «agente naranja», resulta extraordinariamente significativa. Y es que los bastiones de la derecha también pueden sufrir serios reveses. Millones de dólares invertidos en campañas, a veces no muy santas, no compran indefinidamente la voluntad popular, especialmente cuando los gobernantes se manejan supremamente mal con el pueblo. Tampoco lo consiguen quienes recurren a artimañas y utilizan la inteligencia artificial, los chatbots y las nuevas tecnologías con propósitos maquiavélicos.
Estos vientos deben alentar a las mayorías de los ciudadanos en Colombia, sin temores, sin miedos. No podemos olvidar un primer campanazo: la Ley de Sometimiento, ya aprobada, cuyo trámite constitucional plantea serios cuestionamientos que deberá estudiar la Corte Constitucional, y es que, de buenas a primeras, no se pueden desconocer las garantías judiciales, atropellar el debido proceso ni agredir la independencia de los jueces. (Llama la atención, además, los fuertes recortes presupuestales que se hicieron a la Rama Judicial, especialmente a la Jurisdicción Especial para la Paz). Es grave anticipar culpabilidades sin pasar por el tamiz de los funcionarios judiciales, como tampoco puede tramitarse una ley a las patadas o a pupitrazo limpio, desconociendo por completo los argumentos de la oposición.
El Congreso ha de permanecer alerta y estudiar con muy buen juicio la mal llamada Ley de Rescate Fiscal, un eufemismo para denominar la gravosa reforma tributaria que plantea el gobernante de turno. Paradójicamente, se anuncian alivios tributarios para grandes patrimonios, inversionistas y banqueros, mientras se imponen mayores cargas a los trabajadores que escasamente devengan un salario mínimo y a la clase media. El aumento del IVA sobre productos esenciales de la canasta familiar y la elevación de los aportes a la salud son medidas que, indudablemente, golpearían a quienes menos capacidad tienen para soportarlas.
Causa curiosidad: ¿por qué en el proyecto se quiere aplazar la subida del IVA hasta 2028? La respuesta parece obvia: el desmejoramiento de las condiciones de la clase popular debe producirse después de las elecciones regionales de 2027, para que los conocidos barones electorales, aliados del Gobierno, puedan maniobrar con sus electores y prometer fantasías al pueblo.
«Al ser humano se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias».— Viktor Frankl

