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Columna

Cine en los setenta

“Lentamente desapareció la maduración colectiva en una sala de cine, sobrevino la resaca del individualismo y la experiencia de ver cine cambió para siempre”.

Ricardo Chica Geliz

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Si la década de los años 60 fueron la borrachera, los 70 fueron la resaca. Se quiere decir con esto que, en los sesenta apareció una generación que lo cambió todo. Una generación cuya subjetividad política puso ‘lo joven’ en el centro del acontecer mundial, en muchos planos del quehacer humano: la economía, la tecnología, la estética y la cultura, la sociedad y el pensamiento, el vuelco de las costumbres y la actualización del gusto.

Con el estallido de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en 1945, durante la Segunda Guerra Mundial, se terminó de desplomar la promesa de la felicidad para todos, que se había formado con Ilustración y la modernidad europea desde el siglo XVIII; de manera que, a través de la cultura cinematográfica, los jóvenes expresaron su más profunda desconfianza en el sistema de cosas. De ahí que, a partir de los años cincuenta, los cineclubes fueran tan importantes en todas partes, toda vez que fueron cuna de escuelas de cine, crítica cinematográfica, realización de películas, vanguardias estéticas del cine, formación de públicos, periodismo cultural en cine, cinematecas, publicaciones y revistas dedicadas al análisis fílmico.

En la movida fílmica mundial de aquella década, se advierte que Cartagena no fue la excepción. Se vivió entre los cineclubistas una experiencia contracultural, es decir, capaz de cuestionar el desbarajuste político y el desequilibrio social. Tales luchas propendían por un mundo más justo, consciente y compasivo.

El cambio de década trajo la Cátedra de Cine de la Universidad de Cartagena, en un contexto de agitación política juvenil, donde los estudiantes exigieron el cumplimiento del ‘Pliego Mínimo’ al Gobierno Nacional, que aspiraba a mejorar las condiciones de la educación. En general, la experiencia social con el cine era la misma de la década anterior, donde los cineclubes eran el centro de la cultura cinematográfica en el quehacer de las clases medias y urbanas.

A través del cine no solo se aprende qué desear, sino cómo desear. Este último aspecto moldea el gusto y los estilos de la mentalidad clasemediera que aspiraba a la educación universitaria, a adquirir vivienda, a tener tarjeta de crédito y a comprar un Renault 4. Mientras tanto, aumentó el número de cines con aire acondicionado en la ciudad. Además del Teatro Cartagena, aparecieron cines como el Kalamarí, el Bucanero, el Colón y La Matuna. Las salas climatizadas permitieron que la cartelera de los cineclubes se ofreciera en los domingos matutinos, toda vez que, a partir de las 3 de la tarde, se proyectaba la cartelera comercial.

Esta última comenzó a ganar el pulso a la cartelera cineclubista a finales de los 70. Lentamente desapareció la maduración colectiva en una sala de cine, sobrevino la resaca del individualismo y la experiencia de ver cine cambió para siempre.

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