A pesar de haber muerto seguía respirando. El muerto era un ambicioso abogado quien dejó de vivir la vida para ganar sonoros juicios multimillonarios y facturar fama y reconocimiento.
Julián necesitó de un infarto para asesinar a ese hombre adinerado y espiritualmente arruinado en cuyas prioridades nunca estuvo la familia y que había ganado todo cuanto podía exhibirse, mientras perdió lo que podía disfrutarse. Después dejó la profesión, vendió sus cosas, hasta el Ferrari y se fue al Himalaya. Allí, con los sabios monjes de Sivana aprendió 7 virtudes: cultivar la mente, tener propósito, el autodominio, la disciplina, respetar el tiempo, bondad y servicio, vivir el presente y disfrutar el hoy.
Lo anterior es un resumen de ‘El monje que vendió su Ferrari’. Escrito por Robin Sharma, famoso conferencista quien asesora lucrativamente a monstruos como Microsoft, IBM, la NASA, FedEx, entre otros. De Sharma habría que aprender que, hasta donde se sabe, un auto lujoso no obliga al propietario a despreciar la familia ni a confundir afecto con dividendos. Hay pobres en espíritu y en riquezas materiales mientras que hay otros, muy pocos, que conservan aquellas virtudes mientras conducen un auto lujoso. Los cilindros del vehículo no excluyen la virtud. La enfermedad comienza cuando dejamos de tener para ser tenidos por las cosas. La esclavitud es comprar un costoso reloj para no tener tiempo o adquirir una casa frente al mar para solo contemplar el precio.

¿Y quién paga la cuenta?
Jhorland Ayala García Jhorland Ayala GarcíaY no hay que ir al Himalaya. Las virtudes no exigen pasaporte. El silencio interior no necesita de la sal del Himalaya, solo requiere que el ego deje de poseer la última palabra. Cuidar la mente exige evitar alimentarla de envidia o resentimiento.
La disciplina consiste en repetir pequeñeces cuando se evaporó el entusiasmo. Respetar el tiempo obliga a reconocer que cada compromiso ocupa un pedazo de vida que nunca se reembolsara. Servir es atender con dignidad sin esperar condecoración ni retribución. Generar desapegos implica asesinar esa ambición insatisfecha que fabrica carencias con insaciable gula.
La tragedia sería descubrir que los seres queridos viven sin nosotros antes de nuestra muerte. El cariño necesita presencia, disponibilidad cotidiana. Hay que destruir la agenda donde se apuntaron todas las obligaciones, menos la más importante, vivir. No hay que vender el Ferrari para ser libre. No debemos confundir una transacción con una conversión. No hay que ir al Himalaya para cambiar. Julián diría que vivamos sin esperar que la muerte nos conceda el tiempo que nunca dimos a la vida. El cambio empieza cuando dejamos de atropellar la vida, puesto que hasta un Ferrari viene con dirección y frenos.
*Profesor Universidad de Cartagena.
