El desgarrador cuento de la escritora colombiana Diana Agámez Pájaro, ‘Celia, Rosa, Rosaura, Brenda, Abigaíl, Diana, María del Mar y dos muchachas más’, recientemente galardonado en España, no es mera ficción; es la radiografía viva de una fosa común llamada Colombia. A través de la voz de Abigaíl, una joven asesinada que observa a su madre buscarla en el desierto, la autora expone una llaga abierta, la desaparición forzada, el feminicidio y la sistemática deshumanización de la mujer en nuestro país.
Este relato nos obliga a mirar de frente una realidad monstruosa que, lejos de amainar, se hace cada vez más notoria e insoportable a los ojos del mundo entero. En Colombia, los cuerpos de las mujeres siguen siendo utilizados como botines de guerra, objetos de desecho y lienzos donde el patriarcado y la violencia criminal plasman su crueldad. Violadas, torturadas, degolladas y sepultadas en la indolencia de la tierra, las mujeres enfrentan un ciclo eterno de irrespeto absoluto. ¿Por qué seguimos así? ¿Por qué la sociedad se ha vuelto inmune al olor de la descomposición y al llanto de las madres?
La respuesta yace en la impunidad estructural, en una cultura que normaliza la misoginia y en un Estado inoperante que archiva nombres como si fueran carpetas vacías, obligando a las Madres Buscadoras a escarbar la tierra con las uñas, portando camisetas con los rostros de sus hijas, para que el olvido institucional no las borre del todo. La paradoja más dolorosa y urgente de esta barbarie recae sobre el género masculino. Resulta inconcebible la descomposición psíquica y moral de tantos hombres que agreden, violan y matan sin piedad. ¿Qué está pasando con los hombres? Es una pregunta que quema las entrañas de la sociedad entera. Nosotras, las mujeres, los engendramos. Los llevamos en el vientre, les damos la vida, los amamantamos y los criamos con amor, solo para ver cómo una parte de ellos se transforman en los verdugos despiadados de sus propias madres, hermanas, hijas y compañeras. ¿En qué momento el ser humano engendrado se convierte en el monstruo abominable que destruye a quien le dio el ser?

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Germán Céspedes DíazEl respeto por la dadora de vida se ha diluido en una masculinidad violenta que ve a la mujer como una propiedad moldeable y desechable. La obra de Diana Agámez es un llamado a la insurrección moral. No podemos seguir consolándose con la idea de que “aparecerán vivas”. No podemos permitir que el destino de miles de mujeres sea terminar acartonadas en un basurero o disueltas en las dunas de la indiferencia colectiva. Esta columna es un grito de ira pura y un homenaje a las que ya no tienen voz, y a las madres que, con un termo de agua de manzanilla y un rosario inútil ante la justicia terrenal, nos demuestran que el amor es lo único que sobrevive a la podredumbre.
*Escritora.
