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Columna

“BbY WOW”

“Entre tanta letra que presume de lo peor, un ‘baby, wow, me gustas demasiado’ me parece un alivio y me deja pensando que quizá el romanticismo no dejó de vender, sino que nos acostumbramos a ofrecerle al público otra cosa”.

Enrique Del Río González

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Cada vez que escucho que todo tiempo pasado fue mejor, me pregunto qué estarán oyendo dentro de 20 años quienes recuerden con nostalgia la música de 2026, porque habrá que ver qué estarán poniendo para que estas canciones les parezcan una maravilla. Aunque la memoria tiene sus mañas y guarda lo que le conviene.

No sé si la música empuja a la sociedad o si la sociedad dicta lo que se canta. En ‘La República’ (IV, 424c), Platón pone en boca de Sócrates, retomando a Damón, la advertencia de que “No se cambian nunca los modos musicales sin que cambien al mismo tiempo las más importantes leyes del Estado”. Pues, al discutir la educación de los guardianes de su ciudad ideal, temía que las innovaciones musicales alteraran las costumbres y acabaran transformando las leyes.

Sería injusto atribuirle a una canción todo lo que anda mal entre nosotros, pero me preocupa que tantas letras presenten las drogas, la vulgaridad y la falta de respeto como parte de una vida deseable. La insistencia vuelve familiar lo que antes incomodaba, sobre todo cuando los jóvenes reciben el mensaje envuelto en un ritmo pegajoso y en videos donde todo parece digno de imitar, mientras los adultos decimos que son cosas de muchachos.

Tampoco quisiera declarar que esta no es mi época, pues, lo fue ayer y lo sigue siendo mientras viva y por eso tengo derecho a disfrutarla y a preguntarme por qué pareciera que el sentimiento vende menos que la grosería, en un mundo donde lo íntimo se volvió público y a veces no sabemos si escuchamos una canción o un intento de hacerse viral.

Cuando vuelvo a Sabina, a Silvio Rodríguez, a Pablo Milanés, a Nino Bravo o a Leonardo Favio, encuentro maneras de contar el amor y el desamor que todavía me conmueven, no porque todo lo antiguo sea superior, sino porque hay palabras capaces de acompañarnos durante años, como ‘Cien años’, de Pedro Infante, que convirtió el dolor de no ser correspondido en algo tan bello que se canta una tristeza que ni siquiera es suya.

Por eso me alegra escuchar propuestas con sabor costeño y encontrar en algunas canciones de Karol G una manera de hablar del deseo sin que la patanería lleve la voz cantante. Cuando aparece ese “quererte es tan fácil y a la vez tan complicado”, vuelvo a una emoción que cualquiera entiende y es la de pensar demasiado en alguien y mirar el teléfono esperando una llamada, sin adornar la historia con drogas ni confundir la atracción con el desprecio.

No estoy poniendo a Karol G al lado de Pedro Infante ni pidiendo que los jóvenes bailen al ritmo de mis recuerdos, lo que celebro es que todavía se pueda llegar a tanta gente cantando algo que no dé pena repetir, pues, entre tanta letra que presume de lo peor, un “baby, wow, me gustas demasiado” me parece un alivio y me deja pensando que quizá el romanticismo no dejó de vender, sino que nos acostumbramos a ofrecerle al público otra cosa.

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