Nuestra Constitución Política certifica: “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley”, y deberíamos agregarle, con perdón de los jurisconsultos: “Y ante la ciencia”, pues fuimos creados con idéntica materia prima: el Átomo, la unidad ‘constituyente’ más diminuta de la materia, conservando propiedades de un elemento químico.
Demócrito, 450 años antes de Cristo, supuso que “todas las materias y sustancias están compuestas por átomos”, desde el universo, agua, aire, naturaleza, incluyendo al arisco y controversial abuelo Homo Sapiens. No cabe duda: somos sumatoria de partículas sólidas, invisibles al ojo humano, los Átomos: la unidad más pequeña de los elementos químicos que mantiene su identidad y propiedades, imposible de dividirlas mediante procesos químicos, pero sí físicos. El átomo está compuesto por núcleo central constituido por neutrones, protones y, a su alrededor, giran partículas llamadas electrones, verdades científicas incontrovertibles, piedra angular de nuestra existencia terrenal: somos racimos de átomos construidos con la ‘Partícula de Dios’, que nos presta el universo durante nuestra efímera existencia terrenal, para después reintegrarla, en ciclos infinitos de cambios y recambios. ¡Que absurda resulta nuestra soberbia frente a incontrovertible verdad!: llegamos al mundo sin nada entre las manos, nos marchamos con ellas vacías y, durante el intervalo que llamamos ‘Vida’, acumulamos bienes, deudas, poder, títulos, odios, afectos, rencores, amoríos, convicciones religiosas y políticas, y a todas ellas nos aferramos como si fuéramos eternos, ignorando que nuestra sangre, huesos y neuronas fueron fabricados con igual materia prima del universo, pues la naturaleza no reconoce fronteras: los átomos utilizados para conformar cuerpo y mente de un multimillonario inversionista, presidente, líder religioso o político, Premió Nobel, Lionel Messi..., son idénticos a los del humilde campesino de los Montes de María y, los del majestuoso Cóndor de los Andes, que es hermano galáctico de las escurridizas torcazas que, cada mañana, retornan por el alpiste que ofrezco, gratuitamente, en mi terraza.
Sin duda, aquellos que se creen superiores, orgullosos de su árbol genealógico, les llegó la hora de aceptar que la ciencia da la razón a la Democracia: no existen razas humanas, desde el punto de vista biológico, descendientes del Homo Sapiens, pues al descodificar el Genoma Humano, dejaron al descubierto nuestra verdadera historia evolutiva: somos una sola especie que, hace millones de años, migramos de las cuevas en Tanzania para conquistar los continentes.
Ser blanco, negro o cobrizo, tener el cabello afro o caucásico, se debe a la cantidad de melanina, innato bloqueador solar que protege de inclementes radiaciones, nada qué ver con abolengos, mucho menos justifica esclavitudes y desarraigo, por lo que viene bien retornar a nuestras raíces comunes: vivimos y morimos enfrentados por ideologías, religiones, territorios, razas, políticas partidistas, convirtiendo al contradictor en enemigo, desconociendo que todos somos humanos, necesitados de afecto, dignidad, alimento, cobijo, ternura, paz y justicia sin barreras partidistas ni perendengues étnicos; nacemos y nos marchamos con las manos vacías, directo a las constelaciones para devolver, bajo estricta auditoría sideral, uno a uno, los átomos que nos prestaron.

