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Columna

La Casa Grande

“Recuperar la Casa Grande significa construir vivienda y las condiciones para volver a cuidarse, encontrarse y vivir en común”.

Javier Pimienta

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Una vivienda puede asegurar dónde dormir y, aun así, no ofrecer condiciones para vivir bien. Para que vuelvan familias a Getsemaní, debemos pensar más allá de cada casa.

La pérdida de población del barrio debilitó redes de cuidado, lugares de encuentro, saberes y economías cotidianas. Algunas siguen vivas en la calle; otras cedieron ante usos que desplazaron la vida residencial. Recuperar habitantes exige condiciones para acompañarse, trabajar y resolver juntos las necesidades cotidianas.

En La Resistencia de Getsemaní quedó claro que ofrecer vivienda digna y asequible era indispensable, pero no suficiente. Los talleres comunitarios, acompañados por la Universidad Nacional, ETH-Zúrich y el equipo del PES, permitieron leer la habitabilidad desde la historia del barrio y orientar la arquitectura y la organización del proyecto.

Durante gran parte del siglo XX, muchos getsemanicenses vivieron en pasajes donde las familias compartían patios, cocinas, lavaderos, pozos y hasta baños. La plaza, la calle y la esquina extendían la casa. Esa forma de habitar, que vecinos llaman la Casa Grande, encarna principios de cuidado, cooperación y autosuficiencia.

Los modelos de vivienda asociativa encuentran así un arraigo en el territorio. Compartir espacios, acordar su uso y asumir responsabilidades comunes recoge una experiencia que el barrio conoce. El reto es darle continuidad con comodidad, privacidad y dignidad, sin idealizar las carencias del pasado.

Los espacios comunitarios se conciben como infraestructura social: lugares de encuentro y apoyo mutuo para la vida cotidiana, el trabajo, la educación y el bienestar. Una lavandería, una sala de estudio o un espacio para cuidar a los niños pueden aliviar cargas domésticas y abrir tiempo para aprender, trabajar o descansar.

Esa lógica debe extenderse hacia Getsemaní. Los usos productivos abiertos a la calle, los espacios para transmitir prácticas culturales y los lugares accesibles para niños, mayores y quienes cuidan mantienen el vínculo con el barrio. La Casa Grande cobra sentido en esa relación entre la vivienda y su entorno.

El espacio, por sí solo, no crea comunidad. Hace falta acordar cómo se usa, quién lo cuida y cómo se sostiene. La Asociación de Vecinos ofrece un cauce para construir esas decisiones y revisarlas con el tiempo. La arquitectura abre posibilidades; la participación y la gestión colectiva permiten hacerlas propias y sostenerlas.

Recuperar la Casa Grande significa construir vivienda y las condiciones para volver a cuidarse, encontrarse y vivir en común. Que un niño crezca rodeado de personas que lo conocen, que un mayor encuentre compañía, que una familia tenga a quién acudir. En esos vínculos también se habita. Y es allí donde regresar a Getsemaní puede volver a sentirse como llegar a casa.

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