Las emergencias tienen la capacidad de exponer nuestras mayores vulnerabilidades, pero también de sacar a flote lo mejor de nosotros. El terremoto del pasado 10 de agosto dejó una huella profunda en el país: 16 departamentos afectados, miles de familias en duelo y más de 320 mil personas que hoy enfrentan la pérdida de sus viviendas y medios de subsistencia.
Ante una tragedia de esta magnitud, la solidaridad ciudadana aparece de manera espontánea e inspiradora. Pero la buena intención, por sí sola, no basta. Responder exige rigor, estrategia y, sobre todo, una profunda ética territorial.
Una crisis no debería convertirse en escenario para la figuración ni el protagonismo institucional. Todo lo contrario: exige silencio, obediencia y humildad. Silencio para dejar a un lado el afán de aparecer y escuchar las verdaderas necesidades de las comunidades golpeadas. Obediencia para respetar los canales institucionales y el liderazgo de las autoridades competentes. Y humildad para reconocer que ningún sector, por más recursos o trayectoria que tenga, puede enfrentar por sí solo la complejidad de un desastre.
En medio de esta coyuntura hemos visto la respuesta del sector público, las empresas, las organizaciones sociales y la ciudadanía. Sin duda, es un esfuerzo invaluable, pero la atención humanitaria inicial es apenas el primer paso.
Las crisis suelen desaparecer de las primeras páginas y de las tendencias digitales en cuestión de semanas; sin embargo, es justamente entonces cuando comienza el desafío más difícil: acompañar de manera sostenida la reconstrucción física, social y económica de las zonas afectadas.
Desde Traso aportamos como articuladores en Cartagena y Bolívar, uniendo capacidades y recursos para que la ayuda llegue y tenga impacto real. Las lecciones del pasado, desde la pandemia hasta los embates invernales, nos han enseñado que la confianza puede ser tan determinante como los recursos financieros. Cuando actuamos de manera fragmentada, duplicamos esfuerzos y diluimos el impacto.
Cuando coordinamos capacidades entre el sector público, la empresa privada, la academia y los líderes comunitarios, la respuesta puede ser mucho más efectiva.
Las crisis pasarán y las aguas volverán a su cauce. Lo que quedará es nuestra capacidad colectiva para estar a la altura de las circunstancias. Si logramos unir la empatía con el método, y el liderazgo con la humildad, no solo podremos responder con dignidad a la emergencia de hoy, sino también construir mecanismos permanentes de respuesta y resiliencia territorial.
*Directora Ejecutiva de TRASO.
