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Columna

Tiempo de sismos

“El sismo, como la enfermedad, desnuda la cotidiana banalidad para recordarnos que somos frágiles inquilinos de un mundo en que la única respuesta y solución debería radicar siempre en el otro”.

CARMELO DUEÑAS CASTELL

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En lo más alto de los Alpes suizos, estaba el sanatorio; la cumbre de la ciencia médica, donde residía el mejor tratamiento para la tuberculosis: a la sazón reposo, buena alimentación y el aire frío y seco de la montaña.

Castorp, un joven ingeniero alemán visitaba a un primo enfermo. Por arte de birlibirloque y una sospecha de tuberculosis, la visita de tres semanas se transformó en una estancia de siete años. El deterioro físico y mental y la perenne sombra de la muerte trastocan a la persona para convertirla existencialmente en un enfermo.

El sanatorio es un microcosmos donde el tiempo se desacopla del mundo exterior y la enfermedad cambia para siempre la vida del paciente. Horas y días tan iguales, camuflados en meses y años en un universo cerrado donde la contemplación y la reflexión son dos cáusticos contertulios que oscilan entre la razón, la libertad y el humanismo por un lado, y el fanatismo, los dogmas o la eterna fascinación por los extremos en el otro, mientras afuera se fragua el derrumbe de la civilización.

El anterior es un burdo resumen de la magistral ‘Montaña mágica’ de Thomas Mann, publicada hace poco más de 100 años, en medio de las dos guerras. El tiempo se dilata a la sombra del calendario de una enfermedad igual que ante el devastador terremoto de San José del Palmar, en que se quebraron la tierra y esa fatua sensación de seguridad, y en el que muchos experimentaron una distorsión de que la tierra se movió “una eternidad” en la que los segundos fueron años.

En la inmediatez del peligro y la cercanía de la muerte el “tiempo de la rutina”, aquel en que se trabaja, se planea, se colapsa por completo al albur del destino, un sino trágico en que una enfermedad o un terremoto nos empuja con violencia, a un tiempo sin pasado ni futuro, inundado hasta el ahogo por la pura inmediatez de la supervivencia. Y es que hemos construido una cotidianidad bajo el presuntuoso y supuesto dominio de la materia, pero la enfermedad y el terremoto colapsan nuestra soberbia para mostrarnos que la estabilidad es una simple concesión temporal de natura, que debiera obligarnos a apreciar en suma la salud y la vida.

Frente a la inevitable indiferencia trágica y brutal de las placas tectónicas, de la enfermedad y de nuestra extrema vulnerabilidad, lo importante es la respuesta humana, la reafirmación de la vida, una desbordante avalancha llamada solidaridad. El sismo, como la enfermedad, desnuda la cotidiana banalidad para recordarnos que somos frágiles inquilinos de un mundo en que la única respuesta y solución debería radicar siempre en el otro. Por ello Castorp, ante la cáustica pregunta, se responde “¿Qué era el humanismo? El amor a la humanidad, nada más...”

*Profesor Universidad de Cartagena.

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