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Columna

El veneno ajeno

“No se trata de tener piel de cocodrilo ni de fingir que nada duele, sino de saber que el veneno ajeno no nos pertenece, que podemos devolverlo intacto, sin incubarlo, sin volverlo la sustancia con que después envenenamos a otros”.

Enrique Del Río González

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Bajo una higuera, vencido por el calor del mediodía, dormía Zaratustra cuando una víbora se le prendió del cuello. Gritó, claro que gritó, porque el dolor no se discute; y al mirarla, la serpiente reconoció esos ojos, se retorció torpemente y quiso escapar. “De ningún modo”, le dijo él, “todavía no has recibido mi agradecimiento; me despertaste a tiempo, mi camino es aún largo”. Y ella, ofendida en su oficio, respondió que el camino sería corto, que su veneno mataba. Sonrió entonces Zaratustra con la sonrisa que Nietzsche reservaba a quienes ya no necesitan defenderse. “¿Cuándo ha muerto un dragón por el veneno de una serpiente? Pero recobra tu veneno, que no eres lo bastante rica para regalármelo”.

Volví a esa página hace poco, gracias a una conversación que tuve con el doctor Yezid Carrillo, que la trajo a cuento y me devolvió algo que creía sabido. Aquí estoy, refrescando una idea que no es nueva y que la vida se empeña en volverme a poner de tarea con nuevos maestros.

Lo que encanta de esa escena no es la mordedura, sino la especial aritmética que hace Zaratustra al medir el tamaño del agresor antes de decidir su reacción. “No eres lo bastante rica” no es un mensaje de soberbia, sino como especie de una contabilidad del alma e invita a pensar en que no toda ofensa merece nuestra respuesta, ni todo dardo tiene el valor suficiente para comprar nuestra paz. Y ahí está el error que cometemos a diario, cuando le entregamos a cualquiera el poder de robarnos nuestro sosiego. Ese poder no se regala, porque nadie debería tener la autoridad para arruinarnos el día y resulta que se la damos gratis, con una generosidad que nos empobrece.

Los antiguos ya lo sabían, por ejemplo, Epicteto lo dijo sin adornos, que nos hiere no lo que ocurre, sino el juicio que hacemos de lo que ocurre. Pero Nietzsche añade algo más incómodo, porque no propone ni el rencor ni la santidad. Su Zaratustra no perdona con solemnidad de mártir ni devuelve el golpe con la mano temblorosa del resentido, sino que agradece haber sido despertado. En ese agradecimiento hay una inteligencia que la resiliencia de afiche nunca alcanza y es que no se trata de tener piel de cocodrilo ni de fingir que nada duele, sino de saber que el veneno ajeno no nos pertenece, que podemos devolverlo intacto, sin incubarlo, sin volverlo la sustancia con que después envenenamos a otros.

Y hay un detalle final bellísimo y es cuando la víbora regresa al cuello, ya no a morder, sino a lamer la herida. El enemigo termina curando lo que abrió, porque el mordido cambió el sentido de la mordida. Al mejor ejemplo de ‘Águilas no cazan moscas’, lo decisivo nunca fue el daño que quisieron hacernos, sino qué hacemos nosotros con él, porque es ahí y no en el ataque, donde se decide la estatura de cada cual.

*Abogado.

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