Alguien dijo una vez una frase lapidaria: ‘El fondo es lo importante, pero lo más importante del fondo es la forma’. Aristóteles discriminaba entre la materia y la forma. Con frecuencia menospreciamos la forma como algo meramente decorativo. Los mayores en edad y dignidad se han quejado por la pérdida de las “buenas maneras”.

La próxima década decidirá el futuro del café
GERMÁN BAHAMÓN JARAMILLOHace siglos esta discusión originó refranes populares acuñados en la gigantesca obra de Juan de Mal-Lara: ‘El hábito no hace al monje’ enseñaba que las apariencias externas no definen a una persona. Y era rubricado por ‘Las apariencias engañan’ y el más contundente de ‘Aunque la mona se vista de seda, mona se queda’.
Desde el principio, quien está con el sol a las espaldas, abdicó de las formas: ausentista inveterado a obligatorias reuniones institucionales, cuando llegaba lo hacía con el sello de la impuntualidad; la corbata, el vestido fueron desplazados por cualquier atuendo; la preparación profesional y la hoja de vida fueron expatriados por valores de fondo como ser de un grupo político o un movimiento cualquiera; el lenguaje no fue ajeno, largas peroratas inconexas de temas trascendentales los tornaron banales cuando lo importante no era el tema, sino la forma que llevó a chismes sin sustento sobre efluvios etílicos o algo peor. En paradoja, formalismos como la espada de Bolívar pasaron a ser fundacionales y temas de fondo perdieron importancia ante el mensaje subliminal del trascendental lápiz.
Y quien lo reemplaza, aparentemente en el polo opuesto, es tan o más teatral. En campaña, su imagen, dichos y cantos en redes hicieron intrascendente un programa desconocido. Ambos comparten una convicción peligrosa: la legitimidad procede más del líder que de la sobriedad de las instituciones.
La democracia no se cuantifica por los ‘me gusta’ o los seguidores, se mide por la capacidad de quien pierde para reconocer el resultado y por la moderación de quien gana para no humillar al vencido. La forma republicana exige ritos: aceptar el escrutinio, entregar el poder, posesionarse ante las instituciones civiles, respetar la oposición y limitar el lenguaje. Son barreras construidas por la historia para impedir que la política mute en violencia. El saliente debería haber aprendido que su causa pierde autoridad cuando desconoce las leyes que lo llevaron al poder y lo mantuvieron en él. El entrante debería saber que la victoria electoral es un mandato popular, no una corona. El primero debería salir sin incendiar la casa; el segundo debería entrar sin derribar la puerta y las columnas. En la forma está el fondo, pues lo que está en juego no es solo quien manda, sino si sabemos cambiar de gobierno sin dejar de ser una nación.
