Si algo es claro en Getsemaní es que la crisis de habitabilidad no admite respuestas tímidas. Durante años se ha hablado de preservar el barrio, pero la realidad es que el barrio se ha vaciado. En dos décadas, Getsemaní perdió más del 90 por ciento de su población residente. Ese dato basta para entender la magnitud del problema, pero también obliga a pensar en la magnitud de la respuesta.

El “relevo de la guardia” en la derecha colombiana
JORGE MÁRQUEZ FACIOLINCESi lo que está en juego es la preservación de la vida de barrio como patrimonio cultural, no basta con pensar en la permanencia de los pocos que quedan. También hay que pensar en el regreso de muchos getsemanicenses expulsados por la presión del turismo, la especulación y el cambio de usos. Un barrio no se sostiene con recuerdos. Se sostiene con gente: familias, niños, mayores, redes de apoyo y vida cotidiana.
Por eso, desde temprano en el proceso de La Resistencia tomó fuerza una convicción: la apuesta debía ser ambiciosa y proporcional a la problemática existente. Frente a una pérdida tan profunda de población, una respuesta pequeña podría ser valiosa, pero no alcanzaría a mover de manera significativa la habitabilidad del barrio.
Además, hay que decirlo con franqueza: pretender recuperar la vida residencial del barrio a partir de la recompra de casas accesorias sería, en la práctica, inviable. La mayoría de esos inmuebles hoy están sometidos a lógicas de valorización que empujan hacia usos comerciales y turísticos. Su valor de mercado hace imposible pensar en una recuperación masiva para vivienda asequible. Y, aun si fuera posible, su capacidad para alojar nuevas familias es limitada si se quiere respetar su integridad patrimonial.
La otra falsa salida sería aceptar como normal el hacinamiento en las pocas viviendas que siguen teniendo uso residencial, pero hacinar no es repoblar. No es una solución digna ni humana. En algunas de esas casas conviven hoy tres o cuatro núcleos familiares, e incluso más de veinte personas en inmuebles pensados originalmente para una sola familia. Eso deteriora la vida cotidiana y también termina afectando los valores patrimoniales de las edificaciones.
Por eso, si de verdad queremos que Getsemaní vuelva a ser un barrio habitado por gente, la pregunta no es si hace falta generar nueva oferta residencial. La pregunta es dónde y cómo hacerlo de manera suficiente, legítima y compatible con el entorno patrimonial.
Ahí aparece el lote de la antigua Jabonería Lemaitre, no solo porque era uno de los pocos terrenos disponibles en el barrio, sino porque durante más de 20 años la propia comunidad lo imaginó como el lugar idóneo para una propuesta de vivienda patrimonial. En un barrio con tan pocas oportunidades reales de repoblamiento, ese lote representa una posibilidad excepcional.
Aprovecharlo en serio exige un debate sensible, pero ineludible: si se quiere generar impacto real, la nueva vivienda debe producirse con densidad en altura, bien resuelta y respetuosa del contexto, para que más familias puedan volver a caber en el barrio.