Cuando la profesora Ana Valdelamar nos puso a leer ‘La Ilíada’ y ‘La Odisea’ pensé que esos debieran ser los primeros libros que debiéramos leer. Regresé a ‘La Odisea’ varias veces, especialmente después del Ulises de Joyce y del hermoso Ítaca de Kavafis. Solo entonces comprendí que la obra, que en dos días es el estreno mundial de la película de Nolan, no es solo el viaje geográfico que he intentado completar por el Mediterráneo. Ese viaje es más fácil que los 10 años de Ulises o ese periplo vital e interior que Joyce y Kavafis resumen.
No sé si Homero pensó en ello, pero inspiró a Joyce y Kavafis a cuestionarnos sobre ese peregrinaje vital desde jóvenes impulsivos, orgullosos, ansiosos de éxito, fama y reconocimiento, y que está plagado de perdidas, fracasos y ausencias. Un viaje existencial que se inicia en la búsqueda de la felicidad y la inmortalidad; pero Ítaca no es un lugar, es el regreso a uno mismo siendo diferente. El viajero, después de todo lo vivido, de ser hijo, hermano, esposo, padre, rey y mendigo se encuentra no con el héroe perfecto de película, sino como ese humano de carne y hueso. Tres mil años después ‘La Odisea’ es más que una película, es un periplo vital en que durante obstáculos, pasiones y miedos se pierde la ilusión de inmortalidad y fama, y en donde Ítaca es identidad individual o sentido de la vida. Ese Ulises que, al atravesar el Estrecho de Mesina, que separa a Italia de Sicilia, debe escoger entre dos horribles monstruos: Escila, con seis cabezas en lo alto de un acantilado devorando marineros; y Caribdis, en la orilla opuesta, un abismo plagado de remolinos que hundía cualquier barco. Y Ulises escoge a Escila para perder solo seis compañeros (uno por cada cabeza del monstruo), evitando a Caribdis, que sería la muerte de todos. Igual pasa en la vida con decisiones, como hace poco que debimos escoger entre dos candidatos malos, cual era el menos peor.
El joven de hoy, enfrentado a peores retos y problemas que el Ulises de Joyce y con menos preparación que el héroe de Homero, espera encontrar su propia voz en un mundo ensordecedor en ese viaje que todos iniciamos, pero que muchos nunca terminamos de llegar a esa madurez mientras enfrentamos las bestias que yacen dentro. Y es que el heroísmo no es grandilocuente, frecuentemente radica en no desertar de lo cotidiano.
Ese joven deambula por su propia odisea buscando respuestas, cuestionando dogmas heredados para llegar a su propia identidad.
Nunca como ahora fue más cierto lo que dijo Ulises al llegar “de todas las criaturas que respiran y se mueven sobre la tierra, ninguna es más débil que el hombre” y por ello Kavafis dice “no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años”.
*Profesor Universidad de Cartagena.

