Un prestigioso mago convertía un objeto en un sirviente con una palabra mágica. Un terrible día Eucrates pronunció la misma palabra para convertir el objeto en el sirviente que haría sus tareas, a la sazón acarrear agua. Cuando la casa se inundaba de tanta agua, el estúpido aprendiz, no sabiendo deshacer el embrujo, partió el objeto con las resultas que ahora tenía varios sirvientes inundando la casa, multiplicando el desastre hasta la infinitud. El cuento, inicialmente contado por Luciano hace 2.000 años, fue recreado por Goethe y luego por Walt Disney.

Regeneración administrativa fundamental
GABRIEL RODRÍGUEZ OSORIOHasta hace poco un equipo de investigadores revisaba miles de artículos, formulaba hipótesis, diseñaba experimentos, los realizaba decenas de veces. Un proceso lento, de años, costoso, plagado de callejones sin salida, que frecuentemente terminaba en fracaso antes del éxito. Ese era el proceso científico. La ciencia había sido una empresa exclusivamente humana. Eso ya no será así. Por primera vez en la historia programas de inteligencia artificial (IAI) han realizado casi todo ese proceso por su cuenta. Recientemente, la prestigiosa revista Nature presentó dos investigaciones al respecto. No son IA, son el summum de la IA. Son “sistemas multiagentes”.
El primer sistema se llama Robin. Sus creadores le pidieron encontrar tratamiento para la degeneración macular, causa de ceguera irreversible. Robin revisó la literatura, identificó la causa y entre miles de medicamentos escogió el ripasudil. Resolvió en menos de dos horas lo que tomaría meses o años. El segundo sistema lo desarrolló Google y se llama ‘co-científico’. Co-científico encontró tratamientos para la leucemia, la fibrosis hepática y la resistencia bacteriana a antibióticos. Lo que la ciencia llevaba más de 10 años investigando lo resolvió en dos días.
La ciencia avanza por eficiencia, pero también por curiosidad y corazonadas. El ser humano forma generaciones de investigadores, pone límites éticos. Estas herramientas, por ahora, son propiedad de unos pocos, no tienen empatía ni consciencia ni sentido del bien común y podrían acabar con el pensamiento crítico. Hoy la pregunta no puede ser si la IA será parte de todo, aún de la ciencia, sino como y con que reglas lo será.
Crear seres que trabajen por nosotros es tan antiguo como la humanidad. Estos brujos de silicio pueden inundar la ciencia de hallazgos inútiles y homogeneizar el pensamiento atrofiando las habilidades de las próximas generaciones. Eficiencia no garantiza sabiduría. Como el aprendiz de brujo podríamos despertar fuerzas que no sepamos detener. El reto no es frenar la tecnología sino recordar que ninguna maquina debería decidir por nosotros que vale la pena saber.
