Jesús nos dice hoy: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Considero que este es uno de los aprendizajes más necesarios para todos en este momento. Si aprendiéramos de Jesús estas dos virtudes tan importantes, podríamos, con la ayuda de la gracia, lograr transformaciones decisivas en nuestra vida y en nuestras relaciones humanas, y contribuir con mayor fecundidad a edificar la civilización del amor.

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Ella VergaraTodas las enseñanzas de Jesús hay que entenderlas dentro de la realidad completa del Evangelio y en el contexto en el cual Él las está explicando. Él acababa de decir en oración: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños...”
Jesús nos muestra la importancia de estas virtudes vividas de cara a Dios. Solo quien es manso y humilde confía en Él, se abre a su misericordia, se deja enseñar, le obedece y llega a comprender su voluntad, sabiduría, bondad y amor expresada en todas sus obras.
Necesitamos mansedumbre y humildad para dejarnos transformar por Dios y ser instrumentos útiles en sus manos. Jesús es el Maestro por excelencia. Siendo Dios, se hizo hombre y asumió una vida sencilla y servicial, siempre en comunión de amor con su Padre, obedeciendo incluso hasta la muerte de cruz, confiando en que el Padre lo resucitaría y, por medio de su infinito amor, nos redimiría y salvaría de nuestros pecados.
En las manifestaciones de la Virgen en el mundo entero, ella expresa la tristeza de que tantos seres humanos desperdiciemos la sangre redentora de su Hijo. Eso sucede cuando nos creemos sabios y autosuficientes, cuando confiamos solo en nuestros méritos o imponemos nuestra voluntad, cerrándonos a la voz del Espíritu Santo, alejándonos del verdadero bien.
Es maravilloso desarrollar nuestros talentos y capacidades, pero siempre al servicio del bien, por amor a Dios, si no lo hacemos así, corremos el peligro de cultivar en nosotros una autosuficiencia que nos lleve a creer que podemos salvar nuestras almas por nosotros mismos, desconociendo nuestra naturaleza pecadora, que necesita la redención que nos conquistó Jesucristo.
Dejémonos enseñar por Jesús su mansedumbre y humildad, para que aprovechemos su vida de gracia y podamos disfrutar de la plenitud de la vida presente, orientados hacia la eterna. Pidámosle esto en oración y estemos atentos a aquellas acciones que van en contravía de estas virtudes, para que sean corregidas con su ayuda y nuestra decisión. Sagrado Corazón de Jesús, danos un corazón manso y humilde semejante al tuyo.
Zac 9, 9-10; Sal 144; Rom 8, 9.11-13; Mt 11, 25-30.
**Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.