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Columna

Cuando el odio vota

“El odio puede movilizar a una nación durante un tiempo, pero nunca podrá sostenerla a largo plazo...”.

CARMELO DUEÑAS CASTELL

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Mucho antes de Montesquieu se sabía que el objetivo de la democracia no es eliminar el conflicto, sino impedir que el conflicto destruya naciones. Las diferencias políticas pueden ser el combustible del progreso cuando las ideas compiten, los proyectos se contrastan y los ciudadanos eligen para alcanzar un mismo propósito colectivo. Pero cuando la política deja de ser una disputa de ideas y se transforma en confrontación de egos y la razón es aplastada por la pasión y los programas son sepultados por diatribas de odio, el adversario pasa a ser un enemigo y las instituciones terminan colapsando. El odio puede movilizar a una nación durante un tiempo, pero nunca podrá sostenerla a largo plazo. La historia ha enseñado que las naciones caen cuando el odio se vuelve más importante que el proyecto común que las mantenía unidas.

Hace varios lustros el país ha sido arrastrado a una dinámica de polarización que ha alcanzado dimensiones gigantescas y peligrosas. Y es que cuando se presenta a Colombia como una lucha entre dos bandos irreconciliables y se describe la nación como una confrontación entre buenos y malos, entre víctimas y victimarios, entre la vida y la muerte desaparecen los matices; y cuando desaparecen los matices se esfuman los puentes que permiten construir consensos. La política necesita adversarios, pero no enemigos. El odio como recurso político simplifica la realidad y puede ser muy lucrativo para alcanzar el poder, pero como instrumento de gobierno tiene consecuencias catastróficas. Los extremos se alimentan mutuamente y terminan pareciéndose más de lo que están dispuestos a reconocer. En las democracias saludables no hay derrotas definitivas, ningún sector obtiene todo lo que desea, ninguna elección representa el fin de la historia, solo hay equilibrios temporales. Las grandes transformaciones democráticas surgen cuando las sociedades encuentran mecanismos para combinar las ideas de uno con las del contrario. En Colombia la solución no parece ser ninguna de las dos opciones existentes, puesto que ambas se benefician y manipulan una belicosa agresividad. Y lo peor es que no hay más. Entre tanto, los problemas reales se agigantan puesto que no se resuelven con el resentimiento, el odio, la humillación ni mucho menos silenciando al otro. Es en los acuerdos imperfectos como se transforma un país. Cuando la nación es vista solo como consecuencia de los errores pasados del enemigo, el futuro no existe y todos quedamos prisioneros del odio. Colombia necesita un liderazgo que convoque y persuada y no que incendie. El optimista de siempre espera, aún, que aparezca ese liderazgo. Lo decía el barón, “el poder debe detener al poder”.

*Profesor en la Universidad de Cartagena.

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