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Columna

La derrota más grande

“Un país puede sobrevivir a malos gobiernos, pero una sociedad que aprende a odiarse a sí misma, tarda mucho tiempo en sanar”.

Diana Martínez Berrocal

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¡Estamos perdiendo el país! Y eso no tiene nada que ver con quien quede de presidente. Los problemas de Colombia no comenzaron con el candidato que cada sector rechaza ni terminarán con el candidato que cada sector apoya. La inseguridad, la desigualdad, la corrupción, la violencia y la falta de oportunidades son heridas que atraviesan gobiernos, partidos e ideologías. Sin embargo, en lugar de debatir cómo enfrentarlos, la política colombiana se ha convertido en una competencia de odios.

Somos un país partido por la mitad. Y no hablo de fronteras, sino de millones de colombianos que han aprendido a mirarse con desconfianza, que evitan hablar de política para no terminar peleando y que ya no ven en quien piensa diferente a un compatriota, sino a un enemigo; como si no compartiéramos las mismas montañas, las mismas heridas, los mismos recuerdos y las mismas esperanzas.

Los candidatos dedican buena parte de sus esfuerzos a convencernos de que el verdadero peligro no son los problemas del país, sino el otro candidato. Y ya no se trata de explicar por qué sus propuestas son mejores, sino de demostrar por qué el adversario sería una catástrofe. Las campañas dejaron de vender sueños para comercializar temores, porque descubrieron que el miedo moviliza más que la esperanza.

Cuando alguien lanza la pregunta “Por quién vas a votar”, automáticamente se produce un silencio tenebroso en el ambiente. Y es que, dependiendo de la respuesta, podrías ser acusado de mafioso o de guerrillero, porque aquí no se admiten razones, cada quien cree poseer la verdad absoluta. Y si piensas diferente, eres una amenaza.

Para completar, las redes sociales llevaron este fenómeno al extremo, pues allí no se debate ni se escucha, sino que se sentencia y se acusa. Al algoritmo le interesa más la reacción que la verdad, porque la confrontación genera más interacción que la reflexión y el insulto circula más rápido que los argumentos. Por eso, el debate político dejó de competir por ser el más sólido a ser el más viral.

Me preocupa escuchar a quienes afirman que abandonarán toda esperanza si gana uno u otro candidato, como si Colombia fuera únicamente el gobierno de turno y no una sociedad compleja, diversa y resistente que ha sobrevivido a guerras, crisis económicas, violencia política y profundas divisiones.

Una nación no se construye únicamente desde la Casa de Nariño, también en las universidades, en los barrios, en el trabajo, en las redes, en las familias y en las conversaciones cotidianas, por eso la calidad de una democracia depende tanto de sus ciudadanos como de sus gobernantes.

Quizás la tragedia de este momento no sea quién gane las elecciones; pues los presidentes pasan, los congresos cambian, los partidos nacen y desaparecen. Es más, después de las campañas y de las urnas, seguiremos viviendo juntos. Porque un país puede sobrevivir a malos gobiernos, pero una sociedad que aprende a odiarse a sí misma, tarda mucho tiempo en sanar. Y esa quizás, sí sea la derrota más grande de todas.

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