“La prensa”, como hoy la conocemos, se consolidó como medio masivo a finales del siglo XIX, llegando a ser el “cuarto poder” por su capacidad de influenciar la opinión política.
En Colombia, era la época en que los líderes políticos fundaron sus propios periódicos; en que los liberales votaban con El Tiempo o El Espectador bajo el brazo, y de un dicho bogotano que le atribuía la última palabra al periódico de la casa Gómez: “¿Quién lo dijo?; lo dijo El Siglo”.
El mundo cambió a la encuesta electoral, a partir del muestreo y la inferencia estadística. Lo que no cambió fue el ánimo de controlar la orientación política controlando el medio. De hecho, los últimos presidentes han tenido su encuestadora de preferencia, y hoy llevamos “a cuestas” la desconfianza en las encuestas.
El título de esta columna, que no es solo un juego de palabras, obedece al debate sobre las encuestas, su financiación y manipulación, en medio de un ambiente electoral enrarecido, una ley inoportuna y excesiva –la Corte Constitucional le tumbó dos artículos–, y hasta camorras, como la de una magistrada gobiernista del CNE, queriendo callar a Atlas Intel por resultados que no favorecían a su candidato.
Atlas Intel es la encuestadora brasileña que utiliza modelos predictivos y tecnologías apartadas de lo convencional y, por ello, lleva tres investigaciones “a cuestas”, a pesar de ser la única que acertó en el triunfo de Abelardo en primera vuelta, y en su tendencia siempre creciente, mientras las nacionales insistían en que solo Paloma podría contra Cepeda en segunda vuelta.
Aunque el prestigio de Atlas cuenta con los aciertos de Milei en Argentina y Trump en Estados Unidos, entre otros, mi intención no es exaltar a una empresa en demérito de otras, sino advertir sobre nuevas realidades que afectan la validez de las encuestas tradicionales, cuando, hoy por hoy, una batería de bots e influencers bien financiada puede mover la opinión en redes en menos de lo que canta… una encuesta.
Atlas Intel, que está en la ruta tecnológica de esa nueva realidad, no era conocida en el país hasta el asunto de la elección del candidato del Centro Democrático, cuando Uribe Londoño saboteó el proceso cuestionando la decisión del partido de contratar una encuesta con la empresa brasileña.
Con argumentos espurios e insinuaciones falaces ponía condiciones y exigía transparencia, mientras intentaba contratar a la encuestadora de la que decía desconfiar, hasta que la empresa decidió salirse de ese berenjenal de intrigas, alegando riesgos de reputabilidad. Quedará para la historia –habrá que contarla– que ese proceso terminó mal para el CD, socavó sus principios fundacionales y cercenó su vocación de poder.
