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Columna

Una cala de la Costa Brava

“Dos ojos verdes te buscan perdida entre las penumbras. Durmiendo. Silenciosa. Perfecta como los recuerdos que ya se fueron…”.

Alfredo Ramírez Nárdiz

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Alzo los ojos y te veo frente a mí. Sobre la arena. Tu cuerpo de estrella de los años cuarenta brillante como un anuncio de neón bajo el sol de última hora de la tarde. El sol que pide permiso para tocarte. El sol que le tiene miedo a tu piel morena cuajada de agujas de hielo y puñales sangrantes. En una cala cualquiera de la Costa Brava una Senyera ondea agotada sobre nosotros. Las barras rojas y doradas se agitan exhaustas. La leve brisa que querría ser Tramontana las mueve bajo los rayos del ocaso para enseguida bajar a deslizarse quemada, tan delicada, sobre las olas enanas del mar azul ahora, verde luego, blanco y las olas de broma rompen sin fuerza contra las rocas. Sopla, sopla, sopla. La cala perdida. La playa soñada. Un niño de cabellos dorados juega a nuestro alrededor. Sonríes. Un segundo. Un suspiro. Nada.

Llevados por el trueno mi mirada se pierde en la carretera nocturna. Un coche deportivo. Las ventanillas bajadas. Volviendo de la playa duermes en el asiento del copiloto. Has inclinado el respaldo oscuro. Te recuestas hecha un ovillo con tus escasas ropas aun mojadas. El viento tibio en mi cara. Los faros de plata pintando rayas discontinuas sobre el asfalto que pasa. Mis dedos se deslizan sobre tu muslo. Tu carne fría. Tu carne callada. Yo no hago fotografías. Mis recuerdos fotografían la vida. Iluminados por el coche que se cruza con nosotros, dos ojos verdes te buscan perdida entre las penumbras. Durmiendo. Silenciosa. Perfecta como los recuerdos que ya se fueron. En aquel momento ni tú ni yo sabíamos lo que nos depararía el futuro. En aquel momento dibujado a carboncillo en una canción de los ochenta, mi corazón se detuvo como un fantasma a ciento veinte kilómetros por hora. En aquel momento te amé y aún hoy me duele al recordarlo.

En la playa, en una tarde de julio, la belleza tomó cuerpo y nadie fue consciente hasta que todo acabó y no quedó más que un manojo de cenizas esparcidas sobre la tela sucia de la memoria. Tumbado sobre la arena templada, alzo los ojos y veo una gaviota color de nata planeando sobre un fondo azul. Bajo la mirada y te veo mirándome. En silencio. Sin decir nada. Eternamente escondida detrás de tus gafas de sol. Casi desnuda en tu traje de baño y, sin embargo, cubierta por mil paredes de roca y acero. El coche deportivo se pierde en la noche. El motor ruge. La noche vuela. Dos almas fueron una durante una décima de segundo. No tuvieron el valor de aceptarlo. Quizá eso sea el amor.

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