“Al final de este viaje en la vida quedará nuestro rastro invitando a vivir”, Silvio Rodríguez.
La muerte es el hecho más seguro de la vida, sin embargo, nunca deja de sorprendernos. Sabemos que está ahí, aguardando, pero aun así nos cuesta aceptar que un día llegará por nosotros o por aquellos a quienes queremos. Tal vez por eso cada partida sacude, no solo por el dolor de la ausencia, sino porque nos recuerda que somos mortales de paso por este mundo.
Cuando alguien muere, no solo se cierra una existencia, sino que se abre un examen. El de quien se va, cuya historia queda a la vista, y el de quienes se quedan, porque la muerte nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo con la vida. Si la estamos viviendo con gratitud y con amor o si, por el contrario, la malgastamos en la amargura, en el odio, en la deslealtad o en esa forma silenciosa de mezquindad que es la ingratitud. Cada muerte ajena trae una advertencia para la propia.
Pienso en esto por dos personas que el mismo día, como dijo el poeta, levaron anclas para nunca más volver. Dos vidas muy distintas, pero con un punto común, la grandeza. De un lado, Pedro Pablo Vargas Vargas, maestro eminente, doctrinante, litigante exitoso, profesor de esos que no se quedaban en la solemnidad del aula, sino que sabían acompañar con generosidad a sus alumnos. Muchos se formaron con sus libros, era un hombre desprendido, cordial, dispuesto a ayudar incluso en las pequeñas urgencias de la vida estudiantil, con la sonrisa de quien entendía que enseñar no era solo transmitir saberes, sino también ejercer la bondad.
Y ese mismo día partió de este mundo de formas María de la Concepción Mejía, a quien recuerdo desde que tengo uso de razón. Fue una abuela afectuosa. Mujer honesta, impecable, generosa sin aspavientos, vivía para los suyos y, aun así, con espacio para acoger a otros. En ese corazón entró mi familia, más de una vez fue alivio concreto para necesidades que no se olvidan. Sostenía su casa con mucho esfuerzo, trabajo y dedicación, pero nunca le faltó el gesto de compartir, de hacer sentir que la dignidad también se sirve en una mesa humilde.
Tal vez eso sea, al final, lo que la muerte viene a revelarnos cuando nos obliga a mirar una vida en su conjunto, que casi toda existencia conserva un instante de nobleza, una lealtad probada, una prueba de amor o un gesto silencioso de bondad que termina diciendo más que cualquier flaqueza.
En Pedro Pablo Vargas y en María de la Concepción Mejía hubo mucho más que un instante luminoso, en ellos hubo una manera entera de estar en el mundo, de servir, de tender la mano, de dejar huella. Por eso duele su ausencia, pero también por eso consuela recordarlos. Porque hay personas que, aun después de morir, siguen enseñándonos cómo vale la pena vivir y porque ambos, sin duda, merecen esa forma más alta de permanencia, la inmortalidad de los seres buenos.
*Abogado.

