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Columna

Las sirenas

“El pasaje de La Odisea es una metáfora sobre las tentaciones irresistibles o la seducción por falsas promesas...”.

CARMELO DUEÑAS CASTELL

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Al embarcar en la isla de Eea Circe se lo advirtió: encontraría muchos peligros en su proceloso viaje. Debería tener sumo cuidado con el canto de las sirenas, peligrosas criaturas que habían poblado una vasta extensión de huesos y restos putrefactos de hombres que habían quedado hechizados con sus voces. Su canto era tan hermoso que enloquecía a los navegantes y marineros que terminaban arrojándose por la borda e inexorablemente producían el naufragio de la embarcación.

Advertido de lo anterior, Ulises decidió tomar todas las precauciones posibles. Así le dio una doble orden a la tripulación: primero ellos debían ponerse tapones de cera en los oídos para evitar escuchar sonido alguno; pero él, ansioso por saberlo todo y escuchar ese canto hermoso que tanta fama había logrado, decidió que lo ataran al mástil del navío y les dio la orden perentoria a sus compañeros que por nada del mundo lo soltaran. Y que cada vez que el insistiera en ello lo ataran con más fuerza al mástil. Tan pronto el barco se acercó a las sirenas el viento pareció desaparecer y el mar entró en calma. Con las resultas que les tocó a todos remar con fuerza mientras las sirenas comenzaron un hermoso canto con una maravillosa melodía y con un contenido peligroso, pues prometían el conocimiento absoluto del presente y el futuro.

Hechizado por tan increíbles promesas, Ulises intentó inútilmente soltar sus ataduras y ordenaba a grito herido a sus subalternos que lo liberasen. Sin embargo, los leales marineros lo amarraban con más firmeza. Así, el barco logró pasar sin ningún percance. Se dice que esto ocurrió en las costas del sur de Italia, en esos hermosos parajes que circundan la isla de Capri y la ciudad de Sorrento. El nombre de esta última deriva de la palabra sirena. El pasaje de La Odisea es una metáfora sobre las tentaciones irresistibles o la seducción por falsas promesas que, adornadas, pueden llevar a quien las oye a la perdición o al fracaso y que solo mediante la razón y el autocontrol se puede vencer sobre el instinto o el deseo. Algo parecido ha ocurrido con los últimos cuatro años con algunos gobernantes. Barcos a la deriva por un obnubilado capitán y una ignara tripulación que ofrecieron cantos de sirenas y ellos mismos quedaron alucinados por lisonjeros espejismos.

El mástil debió ser la Ley o la Constitución. Por otro lado, en su Ulises Kafka lo muestra tan vanidoso que puede no darse cuenta de que las sirenas ya no cantan, solo lo miran en silencio sabiendo que él, presuntuoso y embriagado de falsos triunfos, va a la deriva de su propia destrucción. Así Kafka nos deja una interpretación diferente: “Las sirenas tienen un arma más terrible que su canto: su silencio”.

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