La reciente Semana Santa en Colombia nos dejó una imagen poderosa y, a la vez, desgarradora, templos desbordados de fieles que, de rodillas, buscaban en la divinidad el consuelo que el Estado les niega sistemáticamente. En un país donde la violencia parece un ruido de fondo eterno; el hambre, un vecino silencioso y la inseguridad, el pan de cada día, esas iglesias llenas no solo representan una tradición religiosa arraigada: representan el último refugio de la esperanza frente al caos, la desidia y el enredo institucional que nos asfixia, quién sabe hasta cuándo.
Esa fe inquebrantable que moviliza a millones es la misma que Colombia necesita trasladar, de manera urgente, a su conciencia ciudadana. Mientras el pueblo ora por un milagro, la realidad en las calles nos golpea con la crudeza de lo inhumano. Es inaudito que, en una nación bendecida con recursos y talento, veamos a compatriotas mendigando un bocado o, lo que es más doloroso, languideciendo en las puertas de una farmacia porque no tienen para comprar una pastilla básica que les devuelva la salud. Aquí, el dolor ajeno se ha vuelto parte del paisaje cotidiano, y esa indiferencia es el fracaso más grande de nuestra humanidad.
La reflexión profunda que nos deja este tiempo de recogimiento es el contraste insultante entre el sacrificio de la cruz y el egoísmo rapaz de quienes ostentan el poder. Hemos permitido, por décadas, que el liderazgo se convierta en una herramienta para llenar bolsillos privados mientras el pueblo se arrastra en la necesidad más básica. Ser humano hoy, en la Colombia actual, debería significar ser útil para el otro. Es abandonar de una vez por todas la lógica del “yo” para entender que el bienestar del vecino es la única garantía real de nuestra propia paz. Un país no puede prosperar si su cimiento es la miseria de la mayoría y el privilegio de unos cuantos.
Estamos a las puertas de nuevas elecciones presidenciales y la comparación es inevitable. Esa misma devoción con la que se llenaron los templos debe ser la fuerza que nos lleve a las urnas con una determinación implacable. No podemos seguir eligiendo verdugos que se lucran del hambre. La fe sin obras es muerta, y la esperanza sin un voto valiente es solo una ilusión que se desvanece al salir del templo.
El cambio real no vendrá de un milagro caído del cielo, sino de nuestra capacidad de castigar en las urnas la miseria humana. Es hora de dejar de mendigar dignidad y empezar a exigir con el voto. La verdadera resurrección de Colombia comienza cuando el egoísmo de los de arriba sea derrotado por la utilidad y la unión de los de abajo. Nuestro calvario terminará el día que decidamos, finalmente, dejar de ser siervos para convertirnos en los arquitectos de nuestro propio destino.

