Era un genio, lo sabía y no ocultaba su astuta sagacidad mental y astutas para todo, desde la medicina hasta la política. Seguramente fue el inventor del autoaprendizaje cuando a los 16 años ya sabía casi todo en medicina. Su ingenio lo convirtió en objetivo militar de gobernantes ambiciosos. Por eso le tocó huir disfrazado con modestas y sencillas vestimentas para llegar a “la perla de Persia”. No pasó mucho para que corriera la voz de su fama de médico que se acrecentó cuando magistralmente descubrió y curó la enfermedad que estaba matando al emir de Bujará y que había derrotado a su séquito de famosos médicos. En pago por ello solo pidió acceso total a la gigantesca biblioteca del emir.
Su rutina era invariable: en el día leía y asesoraba al emir en diversos temas. Cuando la ciudad y las luces del día se iban a descansar comenzaba su labor de maestro en su escuela de médicos. Bajo la luz de las velas seguía hasta que el cansancio parecía derrotarlo, entonces tomaba una copa de vino y escribía. Así hizo El Canon de Medicina, libro de referencia médica obligatoria durante siglos, y El libro de la Curación, obra filosófica que incluía lógica, matemáticas y física. Adelantado a su época en varios siglos, nuestro héroe, Avicena, hizo todo lo anterior en la Madraza de Ala al-Dawla. De ella solo queda la Cúpula de Avicena, en el barrio antiguo de la ciudad de Isfahán, en el centro de Irán, epicentro de la ruta de la seda y hoy patrimonio histórico de la humanidad por muchas razones más.
Esa es la ciudad que con sevicia y sin razón Netanyahu y Trump están atacando desde hace casi un año. Pero no es nada nuevo, de un tiempo a esta parte ególatras como ellos, y su contraparte en Rusia, se consideran omnímodos supranacionales que pueden pasar por encima de la ley y el orden global previamente aceptado.
El mundo, sin saberlo o a sabiendas, ha inaugurado la era de los autócratas, el siglo del todo se puede, el milenio del todo se vale, la era en que esos megalómanos enfermos de poder destruyen leyes y organizaciones que precisamente el mundo creó para prevenir actitudes como esas después de dos horrorosas guerras y de cruentos holocaustos. Muros de contención, especies de “nunca más” que hoy son inútiles barricadas. Miles de soldados y civiles muertos, millones de desplazados, los derechos humanos pisoteados y todas las organizaciones mundiales convertidas en observadores obsoletos han quedado junto a mis sueños de conocer la Cúpula de Avicena y visitar la perla de Persia. Genocidas de sueños los llamaría yo. Contrario a lo que dijo Jefferson: “Espero que nuestra sabiduría crezca con nuestro poder y nos enseñe que cuanto menos usemos nuestro poder, mayor será”.

