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Columna

El poder del perdón

“El perdón debe entenderse como una salida espiritual profunda, indispensable para restaurar los tejidos sociales...”.

Enrique Del Río González

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En la JEP, Colombia presenció dos escenas que desafían la lógica del rencor. Rosalba y Yésica, madre e hija de John Darío Giraldo, asesinado en 2003 por “falsos positivos”, se pararon frente al teniente Andrés Rosero. Él admitió su culpa en la muerte de su ser querido. En lugar de reclamos, le ofrecieron un abrazo. “Como muestra de nuestro perdón real y sincero, queremos brindarle un abrazo”, dijo Yésica. El exmilitar, desarmado ante tal grandeza, lloró y suplicó: “Perdón, por favor”.

Cerca, el exmilitar Édgar Sánchez se arrodilló ante Marino Mazo para pedirle perdón por el asesinato de su madre. La respuesta de Marino fue estremecedora: “Señor Édgar, no se tiene que arrodillar. Si está de rodillas, está ante Dios. Yo lo he perdonado y no le guardo rencor”.

Viendo estos gestos virales que conmovieron a la nación, es imperativo hablar del perdón. No de un perdón formal, de dientes para afuera o por protocolo, sino de un perdón material. Uno que nazca de las fibras más íntimas del ser, que sea sincero y se exprese con amplitud. El perdón debe entenderse como una salida espiritual profunda, indispensable para restaurar los tejidos sociales que la violencia fracturó.

Esta reflexión no aplica solo a los macroconflictos que desangran al país, ni a guerras internacionales. Aplica, con igual urgencia, a nuestra cotidianidad. Si estas víctimas tuvieron la capacidad de perdonar a los verdugos de sus familias, resulta absurdo que nosotros vivamos enfrascados en conflictos personales menores. Hablo de esas disputas chiquiticas que tenemos en la familia, en las relaciones sociales o con los compañeros de trabajo. Cuántas veces rompemos vínculos valiosos por estupideces, por roces del ego que al final no valen la pena.

La salida más pragmática no está en el odio, sino en perdonar y, en cierta medida, soltar el recuerdo, ello permite liberarse de una carga que, de otro modo, se enquista y termina por definirnos. Quien se aferra al rencor no castiga a otro, sino que se condena a sí mismo a una amargura persistente, el perdón, en cambio, no implica justificar ni olvidar ingenuamente, sino decidir no seguir atado a lo que duele. Es un acto de higiene emocional que vacía el peso innecesario, restituye la calma y abre espacio para vivir con mayor ligereza y claridad.

Obviamente, tenemos que excluir de esta ecuación a las personas que se aprovechan de la nobleza ajena para sacar partido, hay que saber identificar a ese tipo de individuos porque son unos simples aprovechados. Pero, en términos generales, el perdón es la solución definitiva, sabemos que hay un ala de la sociedad a la que no le gusta, que prefiere la venganza, esa institución incivilizada que solo perpetúa el dolor. Hoy, el abrazo de Rosalba y las palabras de Marino nos enseñan una lección y es que la verdadera valentía no está en devolver el golpe, sino en tener la fuerza colosal de perdonar.

*Abogado.

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