Que “la senadora Aida Quilcué no tiene la experiencia para asumir la vicepresidencia”, que “Cepeda va a hacer lo mismo que Petro hizo con Francia Márquez: excluirla del gobierno”, son frases que se escuchan. No es gratuito lo que se afirma sobre la actual vicepresidenta Francia Márquez. No por ella. No por el petrismo o la izquierda. La razón está en nuestra historia.

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Javier Ramos ZambranoEn Colombia el cargo de la vicepresidencia viene del modelo norteamericano. Pero en Estados Unidos se pensó como trampolín hacia la presidencia, como mecanismo de continuidad. Aquí se creó para reemplazar al presidente en caso de ausencia, pero con ingredientes adicionales. La vicepresidencia en Colombia es signo de desconfianza, de traición y de competencia. Y quien llega, termina cancelando sus propias aspiraciones presidenciales.
Ningún vicepresidente ha llegado a ser presidente, excepto José Manuel Marroquín, que asumió en 1901 tras un golpe de Estado. Desde la Constitución de 1991, ninguno ha ocupado ese lugar.
En Estados Unidos el mecanismo de continuidad se ha activado en momentos críticos. Ocurrió en 1841, cuando John Tyler gobernó tras la muerte de William Henry Harrison, y en 1865, cuando Andrew Johnson lo hizo tras el asesinato de Abraham Lincoln. No hubo vacío de poder: la sucesión fue inmediata y el gobierno continuó. Luego, cuando el vicepresidente asume, gobierna y puede legitimarse en las urnas. Harry Truman asumió en 1945 tras la muerte de Franklin Delano Roosevelt y tomó decisiones que marcaron el rumbo del siglo XX.
Pero volvamos “al país más alegre del mundo”, que permite titulares como “Guerrillera indígena sería vicepresidenta de Colombia”. Donde muchos medios ya no informan, opinan. Porque opinar, estigmatizar e incendiar vende. La objetividad no factura.
La mayoría habla de la relación entre el presidente Petro y Francia Márquez, pero pocos recuerdan los desplantes entre Iván Duque y Martha Lucía Ramírez. Hubo consejos de ministros donde no se le dejaba opinar. Luego, ni siquiera podía acompañarlo en viajes. En su lugar, iba María Paula Correa. Una situación similar ocurrió con Laura Sarabia, quien terminó manejando la agenda del presidente Petro, al punto de asumir funciones que no correspondían a su cargo. No es un caso aislado. Es el mismo patrón.
Seguimos preguntándonos si las fórmulas presidenciales tienen la experiencia necesaria. Pero el problema es otro. La vicepresidencia en Colombia nace desde la desconfianza y termina en el vacío. Es un cargo en el que quien llega entiende que no incidirá. Siempre hay excepciones, como el exvicepresidente Angelino Garzón, que asumió el cargo en 2010. Su gobierno ayudó a mejorar las relaciones con las centrales obreras y a que se aprobara el TLC con EE. UU.
Aida Quilcué tiene experiencia para ser vicepresidenta, incluso presidenta. Es senadora por la circunscripción especial indígena por el partido MAIS. Hace parte de la Comisión Primera. Fue consejera y delegada ante la ONU en la Comisión de Derechos Humanos. Y es víctima de la guerra: su esposo, Edwin Legarda, murió por disparos de soldados del Ejército cuando se dirigía a Popayán, Cauca, en diciembre de 2008.
La pregunta no es quién tiene las capacidades necesarias. La pregunta es si los próximos presidentes le darán sentido al cargo. La vicepresidencia no puede seguir siendo una figura simbólica, un cargo de desconfianza o una forma de neutralizar al contradictor. Debe dejar de acompañar y empezar a incomodar. Crear puentes, pero también disputar decisiones. Hoy, tristemente, es el lugar perfecto para negociar mucho y devolver poco. Y ya se han visto fórmulas vicepresidenciales que terminan cediendo todo, quién sabe a cambio de qué.
Desde otras orillas también surge la pregunta: ¿qué garantías hay de que la próxima vicepresidenta no termine aislada del gobierno, como ocurrió con Francia Márquez? Uno de los errores más evidentes del actual gobierno fue relegarla. Ese antecedente confirma el sentido de esta columna.
